El creador de la Teoría U plantea que la inteligencia artificial puede erosionar la atención, las relaciones y la acción deliberada si no se fortalecen otras formas de inteligencia humana.
Otto Scharmer sostiene que la inteligencia artificial es, al mismo tiempo, una oportunidad y un riesgo: empuja a repensar qué sociedad se quiere construir, pero también puede desplazar capacidades humanas esenciales.
El profesor del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), cofundador del Presencing Institute y creador de la Teoría U, presentó esa mirada a pocos días de su participación en el UMAFEST 2026, previsto para el 14 y 15 de noviembre en Valle de Bravo, en el estado de México.
La Teoría U y el “suelo social”
Scharmer resume su enfoque en una idea simple: los resultados visibles de una organización o de una sociedad dependen también de condiciones menos evidentes. A eso lo llama “suelo social”, es decir, la calidad de las relaciones, de la escucha y de la comprensión compartida.
Según explica, muchas escuelas, universidades y organizaciones todavía se apoyan casi por completo en aprender del pasado. Su propuesta, en cambio, es incorporar la capacidad de leer lo que emerge en el presente y actuar a partir de esas posibilidades futuras.
La formación del académico en una granja del norte de Alemania marcó esa visión. Allí aprendió que la calidad de lo que crece en la superficie depende de la calidad del suelo, una lógica que traslada al liderazgo, la innovación y la transformación social.
Las tres capacidades que, dice, están bajo presión
Para Scharmer, la nueva era digital pone en riesgo tres facultades humanas: la atención, las relaciones y la capacidad de actuar. La primera se ve afectada por algoritmos que optimizan la interacción y empujan a exprimir la atención como un recurso, en un proceso que él llama “extracción de atención”.
El segundo riesgo aparece con los chatbots y otros sistemas que pueden simular cercanía emocional. Scharmer advierte que esa experiencia puede sentirse íntima, pero no equivale a una relación humana recíproca, porque detrás no hay otra persona que comparta la experiencia desde su propia subjetividad.
El tercer frente es la IA agéntica, capaz de ejecutar tareas y tomar decisiones operativas en nombre de los usuarios. En su lectura, eso no solo automatiza procesos, sino que puede debilitar la acción deliberada de las personas.
Más allá de una sola forma de inteligencia
El académico no plantea abandonar la inteligencia artificial, sino evitar que se convierta en la única forma de inteligencia a la que se le asignan recursos y atención. Su advertencia apunta contra las “monoculturas inteligentes”, que pueden parecer eficaces por un tiempo, pero volverse frágiles cuando cambian las condiciones.
Por eso propone cultivar dos capacidades adicionales. La primera es la inteligencia orgánica, vinculada con la empatía, la apertura mental y la comprensión de otras perspectivas. La segunda es la inteligencia de origen, relacionada con percibir patrones nuevos y posibilidades emergentes que no se apoyan solo en el pasado.
En su criterio, invertir en esas formas de inteligencia debería ser tan serio como invertir en infraestructura digital y en sistemas de IA. También subraya que los problemas globales —desde el cambio climático hasta la desigualdad— exigen colaboración y conversaciones más profundas, no solo más tecnología.
Scharmer incluso traslada esa idea al terreno político: afirma que la esencia de la democracia no es votar, sino conversar.
Contenido redactado con asistencia de un LLM.