Claves
- —La exposición frecuente a las verduras puede marcar una diferencia antes de los cinco años.
- —Servirlas al comienzo de la comida o en el desayuno aumenta la probabilidad de que las consuman.
- —La presentación, el ejemplo familiar y un ambiente sin presión también ayudan.
Lograr que los niños coman suficientes verduras puede ser una batalla diaria. Desde muy temprano, su preferencia por los sabores dulces complica que acepten alimentos como el brócoli o las espinacas, pero distintos estudios han encontrado estrategias sencillas para mejorar ese hábito.

La necesidad de una dieta variada es clave en la infancia. Una alimentación deficiente afecta la cognición, la concentración, el comportamiento y el rendimiento académico, mientras que la obesidad infantil sigue en aumento y se asocia con problemas de salud a largo plazo y peores resultados educativos.
La repetición temprana abre la puerta
La primera de las claves es insistir sin forzar. Marion Hetherington, profesora de biopsicología de la Universidad de Leeds, en Reino Unido, señala que el periodo más eficaz para aumentar el gusto por las verduras es la etapa preescolar. Según explica, si no se empieza a reforzar la exposición antes de los cinco años, puede ser demasiado tarde.
Los estudios muestran que los niños suelen necesitar ver un alimento varias veces antes de aceptarlo. Las estimaciones van de cinco a quince exposiciones, aunque el número exacto cambia según cada caso. Incluso antes del nacimiento puede haber influencia, ya que lo que come la madre puede pasar al feto a través del líquido amniótico.

El momento y la forma de servirlas importan
Otra estrategia es ofrecer los vegetales al inicio de la comida, cuando hay más hambre y menos competencia con otros alimentos más calóricos. Hetherington advierte que los niños suelen comer primero lo que más les gusta y, cuando llegan a las arvejas, ya no quieren seguir.
También puede funcionar mover las verduras al desayuno. En un ensayo realizado en 2023 en ocho centros de atención infantil de Reino Unido, los investigadores hallaron que los niños comían verduras en el desayuno en más del 60 % de las ocasiones en que se les ofrecían. Además, ajustar las porciones y aumentar en un 50% la cantidad de frutas y verduras en el plato elevó el consumo de estos alimentos.
La apariencia también pesa. Los niños suelen elegir lo que les resulta familiar y visualmente atractivo. Cortar frutas y vegetales en formas llamativas, presentarlos juntos en un solo recipiente o servirlos en compartimentos distintos puede aumentar su consumo. En un caso, los niños en edad preescolar comieron un 36% más de verduras cuando estas formaban parte de un plato dividido en diferentes compartimentos.

El ejemplo familiar y el juego también cuentan
Lo que hacen los padres influye en lo que los niños consideran normal. Los hijos de adultos con hábitos alimenticios más saludables consumen menos pasteles, chocolates y tentempiés salados, y también disfrutan más de las frutas y verduras cuando ven ese comportamiento en casa. Comer en familia al menos tres veces por semana se ha asociado con un peso corporal más saludable, mejores patrones de alimentación y mayor probabilidad de adoptar hábitos sanos.
La presión, en cambio, puede jugar en contra. Los investigadores advierten que obligar a los niños a comer ciertos alimentos puede reducir su disfrute de la comida. En cambio, permitirles tocar, oler y explorar ingredientes como remolacha, garbanzos y bok choy, sin exigir que los prueben, ayuda a disminuir la neofobia alimentaria. Involucrarlos en la preparación también aumenta su disposición a comer alimentos desconocidos.
Como resume el planteamiento recogido por BBC Mundo, convertir la comida en una experiencia más relajada, visible y participativa puede ayudar a que en la mesa haya algo más que alimentos de color beige.
