En las próximas semanas, Laboratorio de Paz divulgará un informe sobre la violencia contra las mujeres en la vida política en Venezuela, una investigación construida a partir de entrevistas con mujeres de distintas organizaciones, regiones, trayectorias y generaciones.
Una violencia que muchas veces no se nombra
Uno de los principales hallazgos surgió desde las primeras conversaciones: varias de las entrevistadas no reconocían como violencia experiencias que, de acuerdo con estándares internacionales, sí encajan en esa categoría. No se trataba de mujeres ajenas al debate público, sino de dirigentes, exconcejalas, diputadas, organizadoras de campañas y responsables políticas con años de militancia, experiencia institucional y, en muchos casos, formación universitaria y sensibilidad frente a los derechos humanos.
Al preguntarles directamente si habían sido víctimas de violencia política, la respuesta inicial solía ser negativa. Sin embargo, al describir situaciones concretas, aparecían testimonios sobre exclusión de reuniones donde se definían decisiones importantes, la necesidad de demostrar más que sus pares hombres para alcanzar el mismo reconocimiento y comentarios sobre su apariencia, su maternidad o su vida privada, expresiones que difícilmente se dirigen a un dirigente masculino.
Esas experiencias, con el tiempo, habían sido asumidas como parte de lo «normal» en la práctica política venezolana. La investigación plantea que esa normalización dificulta identificar conductas que limitan el ejercicio de los derechos políticos de las mujeres.
Un concepto ampliado por el feminismo internacional
La discusión sobre violencia contra las mujeres en la vida política ganó visibilidad internacional durante la última década, cuando el movimiento feminista impulsó su reconocimiento como una categoría específica de derechos humanos. Ese proceso no creó nuevas formas de violencia, pero sí permitió nombrar prácticas que durante años permanecieron invisibles.
En 2016, la Comisión Interamericana de Mujeres de la OEA presentó la Ley Modelo Interamericana para Prevenir, Sancionar y Erradicar la Violencia contra las Mujeres en la Vida Política. Su aporte central fue ampliar la mirada: la violencia no se limita a agresiones físicas o amenazas, sino que también abarca conductas, prácticas y omisiones basadas en el género que buscan restringir la participación política de las mujeres.
La investigación también señala que estas situaciones no ocurren únicamente en escenarios de confrontación abierta con el Estado o con adversarios políticos. En muchos casos se manifiestan en espacios cotidianos como los partidos, las reuniones de trabajo, las campañas electorales o la asignación de responsabilidades internas.
No siempre media una intención explícita. Muchas veces operan la costumbre y los patrones arraigados, precisamente por eso resulta difícil reconocerlas como violencia.
La presencia femenina no elimina las desigualdades
El debate cobra relevancia particular en Venezuela, donde en los últimos años se ha instalado la idea de que la política se ha «feminizado». Aunque dos de las figuras más influyentes del país son mujeres y ha crecido la presencia femenina en algunos espacios de representación, eso no basta para concluir que desaparecieron las desigualdades estructurales.
La participación de mujeres en cargos de liderazgo es un avance significativo, pero no sustituye la necesidad de garantizar condiciones de igualdad dentro de la actividad política. La democracia no se fortalece solo cuando más mujeres llegan a puestos de poder, sino también cuando pueden permanecer en ellos sin naturalizar las violencias que enfrentan en el camino.
Historias de persistencia en medio de la crisis
La investigación dejó además otra enseñanza: detrás de la crítica habitual a los partidos políticos existen historias poco visibles de mujeres que siguen sosteniendo el trabajo cotidiano de la política pese a la discriminación, las amenazas, el desgaste y la frustración acumulada durante años de crisis.
Las entrevistas mostraron a mujeres que continúan organizando comunidades, formando nuevos liderazgos, defendiendo causas y manteniendo la acción política desde distintos frentes. En ese contexto, la normalización no solo vuelve invisible la violencia, sino también el esfuerzo silencioso de quienes persisten.
Si el informe logra que más mujeres identifiquen estas violencias, las nombren y dejen de asumirlas como inevitables, habrá cumplido uno de sus propósitos centrales: ayudar a que lo que hoy parece normal deje de serlo.
En Venezuela, advierten estas reflexiones, se están normalizando demasiadas cosas que están mal.