Venezuela atraviesa uno de los momentos más dolorosos y moralmente exigentes de su historia reciente. A la crisis estructural de años se suman dos devastadores terremotos que dejaron pérdidas humanas irreparables y comunidades fracturadas, mientras vuelve a tomar fuerza el reclamo por la libertad plena e inmediata de todos los presos políticos, civiles y militares.
Un reclamo que se presenta como justicia
A partir de los acontecimientos del 3E, el pueblo venezolano ha consolidado una campaña que, según el texto, no solo tiene fundamento político, sino también principios jurídicos universales y una ética elemental. El planteamiento apunta a una exigencia de justicia frente a un sistema que habría normalizado la privación arbitraria de la libertad como mecanismo de control.
El texto sostiene que muchos ciudadanos permanecen encarcelados sin haber sido sometidos a un juicio legítimo, sin pruebas verificables en su contra y sin las garantías mínimas que exige cualquier Estado de derecho. En esos casos, añade, la prisión no respondería a delitos, sino a la necesidad del poder de silenciar, intimidar o ejemplarizar.
El dolor de la tragedia agrava el encierro
La gravedad de la situación, según el texto, se vuelve todavía más desgarradora cuando se observa el impacto humano de los terremotos. Algunos presos políticos habrían perdido a padres, hijos, hermanos o parejas bajo los escombros, y habrían recibido la noticia estando encerrados, lejos de sus familias y sin posibilidad de despedirse.
El texto afirma que negar o aislar ese dolor convierte el duelo en una forma adicional de castigo. También recoge una cita de Albert Camus: “la verdadera generosidad hacia el futuro consiste en entregarlo todo al presente”.
Por eso, el llamado final no se limita a lo político. Plantea que la liberación inmediata de los presos políticos no debe verse como una concesión, sino como el cumplimiento de una obligación ética y jurídica postergada. En medio de escombros, lágrimas y silencio, la consigna que resume el reclamo es una sola: libertad.
Si algo queda de conciencia en las estructuras de decisión del Estado, concluye el texto, este sería el momento de actuar. Persistir en la indiferencia, sostiene, solo ampliaría la fractura entre el Estado y la sociedad.
