Un equipo de la Universidad de Gante y la Universidad de Lincoln observó gatos en 53 hogares con varios animales y concluyó que el acicalamiento entre felinos no siempre expresa afecto. El allogrooming también puede aparecer como una señal de tensión o conflicto, en un estudio publicado en Applied Animal Behaviour Science y registrado en el DOI 10.1016/j.applanim.2026.107038.

La investigación se apoyó en un proyecto de ciencia ciudadana para observar escenas cotidianas difíciles de recrear en un laboratorio. Los autores sostienen que el significado de un simple lamido depende por completo del contexto.

Los lamidos también reforzaron vínculos y acompañaron el juego

En el 41% de los casos observados, los gatos buscaban primero el contacto físico y después comenzaban a lamerse. Este patrón aparecía especialmente cuando ambos animales compartían espacios de descanso o se acomodaban juntos en una cama o cesta.

La sincronía corporal también resultó decisiva. Cuando los dos gatos adoptaban posturas similares —por ejemplo, ambos tumbados o ambos sentados— la interacción tendía a desarrollarse en un ambiente relajado y positivo.

Los investigadores también detectaron que las zonas elegidas para el acicalamiento aportaban información valiosa. Los gatos solían concentrarse en la cabeza y las orejas del compañero, áreas especialmente sensibles y ricas en glándulas odoríferas. En ese contexto, recibir lamidos podía resultar tan agradable como una caricia.

Además, el estudio encontró una relación estrecha entre el acicalamiento y el juego. Muchos de los gatos observados comenzaban después una lucha amistosa, con revolcones, sujeciones con las patas delanteras o patadas con las traseras sin intención real de hacer daño.

El mismo gesto también podía servir para evitar una pelea

Los resultados también revelaron una cara menos amable del comportamiento felino. En varios episodios, el acicalamiento parecía relacionado con situaciones de tensión y no con cercanía afectiva. En esos casos, los lamidos funcionaban como una comunicación preventiva para esquivar enfrentamientos directos.

Desde una perspectiva evolutiva, esa estrategia tiene sentido: una pelea puede provocar lesiones en ambos contendientes, por lo que resulta más seguro enviar señales de advertencia discretas antes de recurrir a arañazos o mordiscos.

En varios vídeos analizados apareció un patrón llamativo. Un gato comenzaba a lamer el cuello de otro mientras este mostraba signos evidentes de incomodidad, como el aplanamiento de las orejas, una señal clásica de malestar o estrés en los felinos.

La interacción también podía terminar en manotazos, arañazos o pequeños mordiscos. En esos casos, el lamido no era una muestra simple de aceptación, sino una negociación silenciosa por el control de un espacio, un recurso o una situación social.

Las señales corporales cambiaban el significado del acicalamiento

La conclusión más importante del estudio es que ningún comportamiento puede interpretarse de forma aislada. Los investigadores identificaron señales corporales capaces de revelar si el acicalamiento ocurría en un contexto amistoso o conflictivo.

Entre los indicadores de tensión detectados aparecieron movimientos aparentemente inocentes: sacudir la cabeza, rascarse detrás de las orejas, bostezar repetidamente o lamerse los labios.

Cuando ambos animales compartían una postura similar, las interacciones tendían a ser más positivas. Por el contrario, las situaciones conflictivas eran más frecuentes cuando un gato se inclinaba físicamente sobre el otro o invadía su espacio personal.

El estudio muestra que las relaciones entre gatos son más complejas de lo que parecía hasta ahora. Lejos de ser solo una muestra de cariño, el acicalamiento puede transmitir amistad, cooperación, juego, negociación o conflicto, según el momento y el lenguaje corporal que lo acompañe.