Los probióticos se han instalado como uno de los suplementos de salud más populares del momento, con presencia en farmacias, supermercados ecológicos y…
Los probióticos se han instalado como uno de los suplementos de salud más populares del momento, con presencia en farmacias, supermercados ecológicos y redes sociales, pero la evidencia científica plantea matices importantes: tomarlos de forma preventiva, masiva e indiscriminada no solo puede resultar inútil en muchas personas sanas, sino que en algunos casos podría interferir con la microbiota intestinal.
Un mercado en expansión y una promesa seductora
Los suplementos con microorganismos vivos se promocionan como una ayuda para fortalecer la flora intestinal y, a partir de allí, mejorar también el cerebro, el sistema inmunitario y la piel. Esa promesa sencilla ha impulsado un negocio de gran tamaño: distintas estimaciones del sector sitúan el mercado global de probióticos en alrededor de 114.000 millones de dólares en 2025, con una tendencia de crecimiento sostenido durante la próxima década.
La popularidad comercial, sin embargo, no resuelve una duda central. Diversas investigaciones advierten que el consumo de probióticos sin criterio médico no garantiza beneficios y, en algunos casos, puede bloquear activamente el microbioma en lugar de reforzarlo.
El intestino, un ecosistema decisivo para la salud
El intestino humano alberga billones de microorganismos —bacterias, hongos y virus— que conforman un ecosistema complejo y personal. El gastroenterólogo Chris Damman, de la Universidad de Washington, que lleva dos décadas estudiando el microbioma, define este sistema como una puerta de entrada a la salud global del cuerpo.
Las dietas con mayor presencia de fibra, frutas y verduras favorecen una mayor diversidad bacteriana intestinal. Además, las bacterias beneficiosas producen ácidos grasos de cadena corta que ayudan a sostener la salud del revestimiento intestinal, de acuerdo con los documentos clínicos del Whole Health de la Veterans Administration de Estados Unidos.
La microbiota no se limita a la digestión. Una revisión publicada en Nutrients por investigadores de la Universidad de Cassino, en Italia, describe cómo la microbiota intestinal modula vías neuroquímicas relacionadas con serotonina, dopamina, GABA y glutamato, además de influir en los ejes inmune y endocrino. Cuando se produce un desequilibrio microbiano, conocido como disbiosis, pueden aparecer inflamación sistémica de bajo grado, deterioro de la neuroplasticidad y respuestas alteradas al estrés, factores asociados con trastornos del estado de ánimo y deterioro cognitivo.
Un dato clave refuerza esa relevancia: cerca del 95% de la serotonina del organismo se sintetiza en el intestino y no en el cerebro. Por eso, el estado de la microbiota no es un asunto menor.
Por qué el uso indiscriminado genera dudas
El problema no está en negar por completo el valor de los probióticos, sino en convertirlos en una solución universal de consumo continuo, sin diagnóstico ni indicación médica. El gastroenterólogo Chris Damman señala que los suplementos probióticos de venta libre no están suficientemente regulados, por lo que no siempre existe certeza sobre qué contiene realmente cada producto.
Los documentos del Programa VA señalan que estos suplementos pueden presentar variaciones importantes en la precisión del etiquetado, la presencia de adulterantes y la legitimidad de las afirmaciones que hacen. Incluso para los médicos, prescribirlos no es sencillo: hay miles de productos en el mercado, muchos de ellos con cepas patentadas, combinaciones múltiples o supuestas fórmulas especiales que el propio VA describe como un enfoque de “escopeta microbiológica”.
El problema, en ese contexto, no se limita a la regulación. También parte de una idea equivocada: asumir que todos los intestinos necesitan ser “reconstruidos” con bacterias añadidas.
No son un hábito permanente
La doctora De la Puerta, experta en microbiota, resume esa idea con claridad: “Si quieres una microbiota sana, probablemente no necesites vivir tomando probióticos”. En una intervención en el pódcast del doctor José Abellán, explicó que estos productos pueden tener utilidad, pero no como consumo permanente.
Su planteamiento es que los probióticos deben usarse para salir de una situación concreta. Ella misma puso un ejemplo personal: cuando atraviesa periodos de estrés, recurre a ellos por temporadas. La clave, insistió, está precisamente en esa temporalidad.
La propia doctora reconoce que los utiliza y los prescribe con frecuencia, pero subraya que se están transformando en un hábito continuo cuando en realidad están diseñados para cumplir una función puntual.
La respuesta depende de cada microbioma
La investigación reciente apunta en la misma dirección. Una revisión publicada en Trends in Microbiology concluye que la composición del microbioma varía de forma notable según la geografía, la edad y el estilo de vida. Ese hallazgo pone en duda la utilidad de los tratamientos probióticos universales y refuerza la necesidad de diseñar intervenciones que tomen en cuenta la diversidad microbiana y el contexto particular de cada persona.
El congreso Probiota 2025, celebrado en Copenhague, llegó a una conclusión similar: las diferencias geográficas y demográficas muestran perfiles del microbioma tan distintos entre poblaciones sanas que no es posible establecer un estándar universal de “microbioma saludable”.
Además, no todos los probióticos cumplen la misma función. La doctora De la Puerta enumera distintas categorías: estabilizadores, inmunomoduladores, neuroactivos, de alta carga, de baja carga, de una sola cepa o de varias cepas. Algunos tienen relación más directa con el sistema inmunitario, otros con la salud digestiva y otros con el estado de ánimo.
Las intervenciones con mejores resultados, añade, son aquellas guiadas por un perfil microbiano previo al tratamiento, porque eso permite anticipar la respuesta terapéutica. Por eso, comprar un probiótico al azar solo porque fue recomendado en redes sociales no tiene demasiado sentido.
Un jardín que ya está sembrado
En el fondo del debate hay un error conceptual: tratar el intestino como si fuera un espacio vacío a la espera de bacterias nuevas. En la mayoría de los adultos sanos, el ecosistema intestinal ya está establecido y cuenta con sus propias defensas.
Según el Programa VA, seguir tomando probióticos una vez que ese ecosistema se ha formado sería como sembrar un jardín ya sembrado. El problema real, en muchos casos, no es la ausencia de bacterias, sino la falta de nutrientes para las que ya habitan en el intestino.
Damman explica que el procesamiento industrial de los alimentos puede haber desplazado de la dieta elementos necesarios para la microbiota. En otras palabras, muchas personas se enfocan en los nutrientes que necesitan sus cuerpos, pero no en los que requiere la comunidad bacteriana que llevan dentro.
El dato que resume esa carencia es contundente: solo el 5% de los estadounidenses consume la cantidad diaria recomendada de fibra, con una ingesta promedio de 16,2 gramos frente a los 21 a 38 gramos sugeridos. En lugar de alimentar el ecosistema intestinal, gran parte de la dieta moderna termina dejando sin sustento a esa comunidad microbiana.