Salud

La misofonía puede llevar a vivir en alerta constante, explica Celia Incio

Sonidos tan comunes como la masticación, los pasos del piso superior o el clic repetido de un bolígrafo pueden resultar molestos para cualquier persona.…

Sonidos tan comunes como la masticación, los pasos del piso superior o el clic repetido de un bolígrafo pueden resultar molestos para cualquier persona. En quienes padecen misofonía, en cambio, esos estímulos activan ansiedad, irritación, tensión física e incluso impulsos agresivos, con un impacto profundo en la rutina diaria.

Una sensación permanente de alerta

Celia Incio, psicóloga especializada en esta condición y autora de Maldito ruido, publicado por Alfaguara, sostiene que convivir con misofonía suele implicar una vigilancia constante. El malestar no aparece solo cuando surge el sonido detonante, sino también por la anticipación, el control del entorno y el esfuerzo continuo por evitarlo.

Hay personas que se levantan pensando en si podrán concentrarse en el trabajo, descansar o comer tranquilas. Muchas terminan organizando su día alrededor de la evasión de ciertos ruidos. Algunas utilizan auriculares durante horas, dejan de compartir comidas en familia o rechazan planes sociales y viajes.

Cuando la vida empieza a girar alrededor de no escuchar algo, el margen de calma se reduce cada vez más. Ese aislamiento progresivo afecta la calidad de vida, las relaciones personales y la autoestima. La culpa también suele acompañar el cuadro: desde fuera la reacción puede parecer exagerada, pero la persona siente que no consigue controlarla.

Desconocimiento y vergüenza

Uno de los grandes retos de la misofonía es que sigue siendo poco conocida. Muchas personas pasan años creyendo que tienen manías o que son demasiado sensibles. En consulta, Incio encuentra con frecuencia pacientes que nunca habían escuchado el término y que aprendieron a ocultar lo que les ocurría por vergüenza.

A menudo resulta más sencillo decir que se tiene dolor de cabeza que explicar que oír a otra persona masticar produce una reacción insoportable. El temor a ser juzgados lleva a muchos afectados a disimular, inventar excusas o aislarse sin contar realmente lo que sienten.

Pese a ese desconocimiento, la especialista afirma que no se trata de algo extraño. Aunque persiste un importante subdiagnóstico, estima que alrededor del 20% de la población presenta síntomas compatibles y que un 5% ve su vida significativamente limitada. Ponerle nombre suele aliviar, porque deja de sentirse como un defecto personal y pasa a entenderse como una condición con explicación.

Qué ocurre en el cerebro

A nivel cerebral, la misofonía activa con intensidad los circuitos asociados a la alerta y al procesamiento emocional. El sonido deja de percibirse como neutro y el cerebro lo interpreta como una amenaza imposible de ignorar. Incio lo describe como una alarma de supervivencia que se enciende sin que exista un peligro real.

La reacción se expresa de inmediato en el cuerpo: tensión, aceleración, irritación y una necesidad urgente de escapar o detener el estímulo. En muchos casos, primero responde el organismo y después aparece el pensamiento. Algunas personas incluso reconocen impulsos agresivos hacia quien emite el sonido, seguidos por una culpa intensa. Eso no significa que quieran hacer daño, sino que el sistema nervioso interpreta el estímulo como algo totalmente intolerable.

El tratamiento puede ayudar

Pese al sufrimiento que provoca, la misofonía puede mejorar de forma importante con un tratamiento adecuado. El objetivo de la terapia es ayudar al cerebro y al sistema nervioso a dejar de interpretar esos sonidos como amenazas constantes. En muchos casos, el problema no es solo el ruido, sino lo que representa: invasión, descontrol o indefensión.

Por eso, el trabajo terapéutico se centra en reducir la hipervigilancia, regular la activación emocional y modificar la relación que la persona ha construido con esos desencadenantes. Los cambios pueden ser muy significativos: hay pacientes que llegan convencidos de que no tienen salida y, con el tiempo, explican que los sonidos siguen presentes, pero su reacción cambió por completo. En algunos casos, incluso hablan de la misofonía en pasado.

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