A propósito de cumplirse este 6 de diciembre un año de la derrota electoral del Psuv y el Polo Patriótico, y de cumplirse el 8 de diciembre, tres años del anuncio de Chávez sobre la posibilidad de una sucesión presidencial, y más aún en el marco de una feroz ofensiva económica, que enmarcada en una Guerra de IV Generación, No Convencional (GNC) procura afectar las bases de apoyo del denominado proyecto bolivariano, recurrimos a una aproximación teórica para intentar una explicación problemática de esta realidad.
Partimos de emplear al filósofo francés Michel Foucault y su categoría de gubernamentalidad, desde la cual aborda el problema del Estado, no como un “ente autónomo”, equiparable a la “mano invisible” del mercado de Adam Smith, sino como un elemento moldeado por el saber/poder. Foucault delata como los instrumentos de gobierno, que forman parte de la “razón de Estado” liberal, reproducen las lógicas de saber/poder desde las cuales se ejerce el control sobre la población. Por lo tanto, cualquier esfuerzo por construir una “acción liberadora”, debiera pasar por desmontar las ideas que esa gubernamentalidad liberal dominante ha impuesto, desde el siglo XVIII.
¿Cómo se relaciona todo este problema del saber/poder en Foucault, de la gubernamentalidad, con el proceso venezolano? De formas diversas y complejas. En primer lugar, habría que entender que el discurso —y la acción de Chávez— es un discurso del poder subversivo.
Es decir, un discurso contra-hegemónico que pretende convertirse en hegemónico. Chávez —y cómo herencia Maduro— busca “romper” las lógicas liberales de gubernamentalidad, alterando la “razón de Estado” y la afirmación —heredada y reproducida por la economía política— que el mercado fija los precios en el sector económico y que el Estado debe contribuir al “impulso” de las iniciativas privadas. Lo intenta romper además, con el planteamiento del “Socialismo del Siglo XXI”, que pretende no solo alterar, sino eliminar las técnicas de gobierno implementadas desde la gubernamentalidad dominante liberal. El problema consiste, que esa gubernamentalidad liberal, es reproducida en cada ámbito —diverso— de la población. Desde la escuela, la familia, el trabajo, la religión, los medios, y otros. En otro ámbito, esa gubernamentalidad hace posible plantear a la familia como una “unidad de producción”, donde cada uno de los miembros debe contribuir a ampliar el capital (social) de su grupo. El esfuerzo, es “una inversión rentable” y eso se enseña y reproduce, a través del impulso individual de superación y la “naturalización” de la competencia por ser mejores y aceptar el egoísmo y el individualismo, como patrones socialmente aceptados. Esta gubernamentalidad, como saber/poder transforma la concepción del trabajo como trabajo/explotador, y lo coloca (a los trabajadores) como empresarios de sí mismos. Con eso, las desigualdades sociales se desvanecen y se “vuelven líquidas”. El trabajador es un “empresario de sí mismo”, que tiene su propio capital (su capacidad) y que puede transformarlo en una inversión que se amplíe. No existe explotación, sino sólo la “capacidad de inversión individual” para alcanzar metas y prosperidad.
