Una onda de desesperanza cae sobre la población. Atrapados por el desabastecimiento generalizado, las inmensas colas y la hiperinflación que devora sin piedad el valor del bolívar. No se ve salida factible y ni el Gobierno ni la oposición presentan claros y creíbles planes de contingencia. Enfrascados en una pelea política de características polarizada. Solo piensan en sus intereses partidistas y dejan a un lado los principales problemas de la gente.
Concentrados en sus particulares asuntos no se ocupan de las penurias de los habitantes de esta marchita nación. Donde impera la falta de optimismo y la desconfianza ocupa cada vez más espacio entre el pueblo. No hay camino trazado para la sociedad y el pesimismo le quita fuerza al trabajo y a la creatividad general.
El diálogo ha sido bombardeado inclemente y los acuerdos llegados dividen a las fuerzas sin haber sido cumplidos. Un proyecto que pudiera ser una esperanza y a pesar del Vaticano la alta jerarquía de la iglesia local lo ataca y trata de destruir, haciendo causa común con los sectores más radicales. Echan por tierra que el diálogo es una oportunidad para la paz y es la vía de la conciliación, en una Venezuela desesperada. Ávida de un proyecto de país que una a los nacionales y contribuya a estimular la iniciativa y el emprendimiento. Mientras estemos fracturados en la forma en que estamos no habrá paz y la desesperanza se intensificara en la población. Este es el futuro que nos espera si no hay cambios en la conducta exclusivista de los partidos políticos.
Sobre el proceso del diálogo se dirigen todas las miradas y por supuesto también los intereses. Es compleja su situación porque está en el ojo del huracán. En el centro del debate. Respaldado por unos y cuestionado por otros. Divide tanto a la oposición como al Gobierno.
