1) Pensaba que no se repetiría la situación que vivió Venezuela durante los gobiernos de la IV República. De aquella sórdida represión, violatoria de elementales normas de respeto a la vida. A los derechos humanos. La de las diarias detenciones arbitrarias, la desaparición forzada, la tortura y la pena de muerte de hecho. Todo ello en aquel vacío letal donde desaparecía el Estado de derecho y la constitución.
Fue la época del universo concentracionario de los Teatros de Operaciones (TO) en los que la Fuerza Armada, habilitada por los dirigentes políticos para eludir sus responsabilidades, resumía el poder de apresar, interrogar y sentenciar a ciudadanos sin tener que dar explicaciones. Ni a la justicia institucional, ni al Ministerio Público, ni a la Defensoría del Pueblo, y, mucho menos, al Poder Legislativo donde la mayoría combinada con el Ejecutivo rechazaba a priori la denuncia o simplemente la entrababa.
2) Fue el tiempo de la Venezuela exportadora de una falsa democracia. Que guardaba en su vientre perversas maneras de quebrantar la ley. De mostrarse ante el mundo como modelo, mientras en su territorio se cometían brutales abusos. La que acogió los manuales de la Escuela de las Américas y permitió que sus oficiales se entrenaran en la aplicación, por primera vez en la región, de figuras represivas como la desaparición de ciudadanos (se estiman en unos 3.000) y de horrendas torturas.
3) La situación cambió a partir de 1999 cuando accedió al poder el movimiento bolivariano. Desde la presidencia de la República, un hombre proveniente de las filas militares como Hugo Chávez puso especial interés en combatir y erradicar tales prácticas. De impedir que la institución armada se involucrara en la violación de los derechos humanos. Que interiorizara una doctrina de respeto a los ciudadanos y una ética fundada en la exaltación de los genuinos valores de la institución.
4) Pero los demonios de la represión acechan a instituciones como la castrense. La capacidad para que permanezca latente la tendencia a la arbitrariedad, es difícil de erradicar. El desbordamiento siempre está a la caza de oportunidades para reaparecer. El país lo está viviendo en las últimas semanas. Durante la segunda quincena de octubre de este año, circularon las primeras versiones sobre masacres consumadas por una unidad del Ejército, el Batallón Caribe 323, “Coronel José María Camacaro Rojas”, destacado en la sede del Comando de Operaciones El Café, vía Caucagua, estado Miranda.
De tan delicada situación informé al ministro de Defensa, Vladimir Padrino, y debo decir que éste mostró la mejor disposición para investigar a fondo la denuncia, y me sugirió hablar con los jefes de la Zona de Defensa Integral (Zodi) de Miranda, lo cual hice de inmediato. Ya la fiscal general Luisa Ortega estaba en conocimiento de los hechos, al igual que el defensor del Pueblo, Tarek William Saab. La información era estremecedora y remitía a lo que se convirtió en rutina en los gobiernos puntofijistas: 13 personas (la cifra aumenta a medida que avanzan las investigaciones), en su mayoría jóvenes, fueron detenidas por el Ejército y desaparecidas.
A la actitud de sorpresa en un primer momento de los jefes militares, siguió el reconocimiento de la cruel verdad. Los detenidos fueron torturados salvajemente y asesinados, y la investigación estableció la responsabilidad en el delito de oficiales, clases y soldados.
5) Si en este caso la práctica criminal es igual a la empleada por la Fuerza Armada en la IV República, la reacción del ministro Padrino, del Ministerio Público y la Defensoría del Pueblo, fue diferente. Maduro condenó de inmediato lo sucedido. Al identificar los responsables procedió a degradarlos y ordenó abrir proceso judicial.
Actuación reveladora del avance institucional del país. Del deslinde entre un acto deplorable, que no es política del gobierno, y el terrorismo de Estado que imperó en el pasado. Sin embargo, como lo ocurrido excede lo imaginable, se impone la revisión de reprocedimientos y la utilización de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en tareas ajenas a su específica función. Examinarse por dentro es prioridad para derrotar las desviaciones perversas. Por eso la enigmática frase de André Malraux como epígrafe de esta columna.
Claves secretas
•Una investigacion sobre el desarrollo del actual poder militar de Colombia, arroja datos reveladores, e inquietantes, para cualquier vecino de esa nación. El Plan Colombia fue un programa de ayuda de más de 7 mil millones de dólares. Pero esa es solo una de las vertientes, porque el apoyo de los gobiernos norteamericanos convirtió a Colombia en el mayor receptor de ayuda militar fuera del Oriente Medio y el tercero en el mundo detrás de Israel y Egipto.
El gasto en defensa se triplicó de 4.000 a 12.000 millones de dólares. La Fuerza Armada colombiana pasó de 145.000 hombres en el año 2.000 a 236.000 en el 2.008, y a 445.000 para el 2015. ¿Qué hará ahora esa poderosa fuerza militar, con una vasta y moderna dotación de tanques, helicópteros y aviones de combate, en tiempo de paz, sin adversarios como las Farc y el ELN? Hasta ahora la justificación para la expansión del poderío militar era el conflicto interno. ¿Cual será ahora?
•Insólito lo sucede con la oposición, o mejor, con sus dirigentes. Guarda un silencio sepulcral sobre el brutal ataque a la moneda venezolana. Un silencio que desdice la condición de oposición nacional. Todo en función de una rabiosa política encaminada a derrocar al Gobierno constitucional de Nicolás Maduro.
Sus dirigentes nada dicen. Callan como si nada estuviera sucediendo. Más bien disfrutan con las embestidas de Dólar Today, que opera desde Cúcuta y Miami en el desarrollo del plan desestabilizador. Los colombianos participan activamente en la maniobra, y el presidente Santos se hace el loco. ¿Por qué el silencio de la oposición? ¿Por qué no condena estas acciones antinacionales? Tal actitud es muy sospechosa, ¿No será que por debajo de la mesa recibe una suculenta tajada? Algún día se conocerá la verdad.
•Una vergüenza lo que pasa en Mercosur. La derecha decidió convertir el organismo regional en instrumento de las políticas neoliberales, apuntaladas en gobiernos deslegitimados como el de Brasil y Paraguay, y el de Argentina que encarna la regresión social. A este trío se suma el gobierno de Uruguay que optó por plegarse al pragmatismo y sacrificar los principios. Ahora el clan tiene una papa caliente en las manos: o reconoce a Venezuela como miembro que es, con todos sus derechos, o Mercosur se desploma.
•Cómo serán las intenciones del nuevo presidente de EE UU, Donald Trump, que designó secretario de Defensa al general James Mattis, conocido con el apodo de “Perro Rabioso”. ¿A quién morderá primero?
•El presidente de Argentina, Mauricio Macri, se enreda cada día más. Su familia está metida en el lío de los depósitos offshore en paraísos fiscales y la evasión de impuestos. Para remendar la situación decreta la ampliación de una amnistía fiscal para familiares con altos cargos públicos, es decir, blanqueo de capitales. Tal actitud inmoral llevó a la diputada Nilda Garré —exembajadora en Venezuela— a declarar: “No hay metáfora: Macri gobierna para la familia”.