Jorge Luis Borges resplandece como nunca desde el Olimpo donde moran los dioses de la inteligencia construida con palabras hechas piel e ideas. Tan pertinente como jamás, el maestro argentino partió hacia el mundo morado hace tres décadas y aún hoy lo asumimos como una sabia milonga.
Poesía extraída desde una erudición militante y partisana, juego de espejos donde el sarcasmo, la ironía, el humor como género superlativo reflejó como nunca el alma del ser iberoamericano. Al trovador Facundo Cabral le preguntamos alguna vez por Borges y, clásico como su paisano, lo emuló: “Me sentía intimidado cuando hablábamos (…), porque era como hablar con Sócrates”.
Pura soda cáustica, la ensayista Beatriz Sarlo emprende una campaña en pro de la liberación del elán argentino del enorme cepo intelectual que representa el autor de “El Aleph”: “Tener un escritor como Borges es un peso demasiado fuerte para una literatura”.
En una entrevista al diario El Clarín, Sarlo expone: “Trato de decir que Borges hace el mismo movimiento con todos los miembros de la elite criolla de la emancipación y las guerras civiles que encuentra en su linaje. Constituye a sus abuelos y bisabuelos en precursores. Pero dice que él nunca va a estar a la altura de quienes fueron sus precursores. Y es sincero: hay un Borges racionalista, pero también hay un Borges romántico, que siente nostalgia por el pasado”.
Pone la ensayista el dedo en la llaga: “Tener un escritor como Borges es un peso demasiado fuerte para una literatura, es demasiado poderoso, es de esos escritores que definen una literatura, por eso para los escritores es fundamental romper con Borges, escribir fuera de las posibilidades que él creó”.
El asunto es que no aparecen todavía los émulos del fabuloso erudito que intentó reescribir El Quijote, el mismo que, siendo un niño, tradujo la obra de Oscar Wilde al español, ese mismo obstinado ciego que vino un día a Venezuela sólo para “escuchar el fragor de una tarde de coros coleados”. Un fenómeno.
Para los argentinos, dice Mercedes Salas, profesora de letras, siempre les resultará más fácil producir genios futbolistas que una mentalidad universal y profunda como la que definió la vida y la obra de Borges. Muchos insisten en sesgar su brillo por sus ideas políticas, pero habría que redefinir mejor esas apreciaciones ligeras si no se analizan declaraciones suyas contra los totalitarismos: “Las dictaduras fomentan la opresión, las dictaduras fomentan el servilismo, las dictaduras fomentan la crueldad; más abominable es el hecho de que fomenten la idiotez. Botones que balbucean imperativos, efigies de caudillos, vivas y mueras prefijados, ceremonias unánimes, la mera disciplina usurpando el lugar de la lucidez (…). Combatir estas tristes monotonías es uno de los muchos deberes del escritor. ¿Habré de recordar a los lectores del Martín Fierro y de Don Segundo Sombra que el individualismo es una vieja virtud argentina?” Clarividencia.
Homo politicus siempre fue Borges: “Yo descreo de la política no de la ética. Nunca la política intervino en mi obra literaria, aunque no dudo que este tipo de creencias puedan engrandecer una obra. Vean, si no, a Whitman, que creyó en la democracia y así pudo escribir Leaves of Grass, o a Neruda, a quien el comunismo convirtió en un gran poeta épico (…). Yo nunca he pertenecido a ningún partido, ni soy el representante de ningún gobierno (…). Yo creo en el individuo, descreo del Estado. Quizás yo no sea más que un pacífico y silencioso anarquista que sueña con la desaparición de los gobiernos. La idea de un máximo de individuo y de un mínimo de Estado es lo que desearía hoy…”.
Linaje puro, este Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo, descendiente del fundador de Buenos Aires, para quien el multiplicado oficio de pensar y de escribir resultó una total bienaventuranza. El hijo de Jorge Guillermo Borges, traductor de Omar Jayamm y de Leonor Acebedo Suárez, trazó las líneas maestras del nuevo pensamiento estético latinoamericano. Su viuda, María Kodama, así lo certifica: “Yo conocí a Borges cuando tenía dieciséis años, estudié con él, crecí con él, nos quisimos. (…), y pude comprobar que hay un centro hecho por el amor de mis padres, de mis amigos, de Borges, que no lo puede mover nada ni nadie. Y descubrir eso es la gratitud que les tengo, porque quizás nunca lo habría descubierto si ellos no me hubiesen puesto en esa situación…”, advierte sobre su responsabilidad ética.
El recién nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, Alberto Manguel, estampa su criterio en el diario español El País: “Fueron cientos las personas que le leyeron a Borges. Borges cuando quedó ciego, a mediados de los años 50, le pedía a cualquiera que le leyera, un portero, un amigo, un periodista. Yo fui una de esas personas. Cuando me ofrecieron este puesto, ¿cómo no pensar que Borges lo había ocupado? Sentía que íbamos de lo sublime a lo ridículo. Por un lado es de una arrogancia suprema ocupar el puesto de Borges. Por otro, veo esto como un desafío que me permitirá poner en práctica muchas de las cosas sobre las que he escrito en relación con libros, lectura, bibliotecas. Vamos a ver qué pasa. Fue difícil. Decidí hacerlo porque tal vez sea esta mi última aventura (…)”.
(…) Borges determinó una influencia enorme en el mundo. No se puede escribir en castellano sin referencia al castellano de Borges y no se puede escribir simplemente sin referencia a Borges. La literatura existe antes y después de Borges y la de antes de Borges es también influida por la literatura de Borges, que dijo que cada escritor crea a sus precursores. Yo recomiendo a los escritores jóvenes no leer a Borges antes de escribir porque es tan contagioso el tono, el estilo, que inevitablemente la escritura será una suerte de parodia de Borges. Manuel Mújica Laínez escribió un pequeño cuarteto: ´Inútil es que te forges/ la idea de progresar/ porque aunque escribas la mar/ antes lo habrá escrito Borges”.
En cualquier caso, Borges, devenido en Alonzo Quijano, el mismo hombre que escribió su sueño de ser el Ingenioso Hidalgo Don Quijote, deposita sus propios delirios como caballero andante: Hombre de vida, muerte, sentido del infinito, de los grandes teoremas, decodificador de los magnos enigmas y misterios de la literatura universal. Obseso y poseso, no existe una sola área del quehacer intelectual de nuestra era que no haya sido explorada y revisada por este magistral erudito llamado Borges.
Dejemos que, en “El Sueño”, la leyenda sueñe con su leyenda: “En un desierto lugar del Irán hay una no muy alta torre de piedra, sin puerta ni ventana. En la única habitación (cuyo piso es de tierra y que tiene la forma del círculo) hay una mesa de madera y un banco. En esa celda circular, un hombre que se parece a mí escribe en caracteres que no comprendo un largo poema sobre un hombre que en otra celda circular escribe un poema sobre un hombre que en otra celda circular (…). El proceso no tiene fin y nadie podrá leer lo que los prisioneros escriben”. Soñarlo es ahora tarea clave.