En 2016, investigadores japoneses identificaron en el tardígrado Ramazzottius varieornatus una proteína llamada Dsup y la llevaron a células humanas cultivadas. Cuando esas células fueron sometidas a rayos X, su ADN sufrió aproximadamente la mitad de fragmentación que el de las células normales.
El resultado mostró que una defensa molecular nacida en un animal microscópico podía funcionar dentro de células humanas, aunque solo en condiciones de laboratorio.
Un animal diminuto con una defensa singular
Los tardígrados apenas alcanzan un milímetro y pueden encontrarse en lugares como musgos y líquenes húmedos. Su fama se debe a que algunas especies soportan desecación extrema, temperaturas muy bajas, dosis enormes de radiación e incluso el vacío espacial.
Buena parte de esa resistencia está relacionada con su capacidad para entrar en un estado denominado tun, durante el que reducen de forma drástica su actividad y conservan sus estructuras celulares hasta que vuelven las condiciones favorables.
La explicación parece venir de millones de años atrás, cuando los antepasados acuáticos de estos animales colonizaron ambientes terrestres y tuvieron que enfrentar el riesgo de secarse. En vez de desarrollar una cubierta impermeable, evolucionaron mecanismos para preservar sus células cuando desaparecía el agua.

La prueba con células humanas
Un equipo dirigido por investigadores de la Universidad de Tokio secuenció con precisión el genoma de Ramazzottius varieornatus y encontró una proteína desconocida que llamó Dsup, abreviatura de Damage suppressor. Esa proteína se concentra en el núcleo celular y se asocia con el material genético antes de que ocurran determinados daños.
Investigaciones posteriores publicadas en eLife mostraron que interactúa con los nucleosomas, las estructuras alrededor de las cuales se organiza el ADN, y que puede reducir el ataque de radicales hidroxilo muy reactivos.
El equipo japonés introdujo en células humanas HEK293 la información genética necesaria para producir Dsup y luego las sometió a rayos X junto con células normales.
Tras una dosis de 10 Gy, alrededor del 33% del ADN aparecía fragmentado en las células de control, frente a aproximadamente el 16% en aquellas que expresaban la proteína del tardígrado. Los investigadores observaron además que las células modificadas conservaban mejor su capacidad de proliferar después de la irradiación.
Diez años después, el experimento de Tokio sigue activo como línea de investigación. Los trabajos posteriores han estudiado cómo Dsup interactúa con la cromatina, cómo responde frente al estrés oxidativo y qué mecanismos explican su efecto protector.
La tentación de trasladar ese escudo molecular a los seres humanos sigue ahí, pero el salto entre proteger células cultivadas y proteger un organismo completo es gigantesco. Por ahora, el avance consiste en algo más concreto: una defensa del tardígrado logró funcionar dentro de células humanas.



