Tras los dos sismos consecutivos de magnitud 7,2 y 7,5 que sacudieron el norte de Venezuela la semana pasada, la atención psicológica se vuelve una urgencia para miles de personas que siguen en albergues improvisados en Caracas y entre edificios desplomados en La Guaira.
La lección que deja México, a partir de los terremotos de 1985 y 2017, es que las heridas más profundas no siempre son visibles: el miedo puede quedarse en el sistema nervioso y volver más difícil la recuperación si no hay contención desde el primer momento.
La contención temprana como parte del rescate
María Amparo Oliver, académica de la Especialidad en Intervención Psicosocial en Emergencias de la Universidad Iberoamericana en Ciudad de México, advierte que una actuación temprana puede evitar que la población quede afectada de forma “nociva” y permanente tras una catástrofe.
En una entrevista publicada por elpais.com, la especialista explica que una crisis despierta vulnerabilidades previas y puede dejar a los damnificados “doblemente expuestos”, al arrastrar no solo el evento actual sino traumas que no se resolvieron antes.
Oliver sostiene que, en esos casos, la ayuda debe dar certezas y devolver a la persona su capacidad de actuar sobre lo que vive. Para eso se utilizan técnicas como el grounding o aterrizaje, pensadas para llevar a los sobrevivientes “al aquí y al ahora”.

Claves de la atención psicológica
La experiencia mexicana subraya la importancia de actuar temprano, ofrecer certezas y acompañar a quienes quedaron expuestos al miedo tras el sismo.
El apoyo colectivo y la presencia empática
Gabina Villagrán, académica de la Facultad de Psicología de la UNAM, señala que el trauma encuentra alivio en lo colectivo y no solo en lo individual. A su juicio, la sanación pasa por los grupos de apoyo y por el contacto entre personas.
La experta explica que el terremoto puede traducirse en desregulación emocional, culpa o somatización, mientras el sistema nervioso queda en estado de alerta. Por eso insiste en que la ayuda no debe limitarse a frases hechas como “no te preocupes”.
Villagrán recomienda una presencia compasiva y empática, capaz de acompañar sin imponer tiempos ni respuestas: dejar que la persona llore, grite, se queje o maldiga, según necesite hacerlo para procesar lo ocurrido.
En medio de la emergencia, el objetivo es reconstruir el tejido comunitario y recuperar el sentido de agencia de cada sobreviviente. Desde esa perspectiva, ordenar el espacio, organizar lo propio o incluso “poner el lugar bonito” puede ser parte del regreso a la normalidad.
