La extrema delgadez suele asociarse con juventud, disciplina o incluso con una mayor esperanza de vida, pero especialistas en medicina preventiva y…
La extrema delgadez suele asociarse con juventud, disciplina o incluso con una mayor esperanza de vida, pero especialistas en medicina preventiva y longevidad advierten que esa apariencia no siempre refleja salud. En muchos casos, un cuerpo demasiado delgado puede ocultar pérdida de masa muscular, desequilibrios metabólicos y hábitos difíciles de sostener a largo plazo.
La delgadez extrema no es sinónimo de bienestar
Para los expertos, el contraste entre un rostro que aparenta estar bien conservado y un cuerpo con muy poca grasa subcutánea visible en cuello, clavículas, brazos y hombros no debe leerse como un detalle estético, sino como una señal de alerta. Esa falta de coherencia puede indicar que el organismo está perdiendo reservas importantes para su funcionamiento.
El Dr. Ángel Durántez, pionero en España de la Medicina Preventiva Proactiva y de la Age Management Medicine y director de Clínica Neleva, sostiene que cuando se observa un rostro muy sostenido sobre un cuerpo extremadamente delgado no se trata de un éxito, sino de un desequilibrio. Según explica, la pérdida marcada de grasa subcutánea y, sobre todo, de masa muscular a partir de cierta edad se relaciona con sarcopenia, mayor fragilidad ósea, peor respuesta inmunológica y un envejecimiento biológico acelerado.
Durántez insiste en que, en medicina de longevidad, el foco no está en bajar de peso a toda costa, sino en preservar y fortalecer el organismo. En ese sentido, subraya que el músculo es un órgano clave para la longevidad, por lo que el objetivo real debe ser contar con más masa muscular, mejor densidad ósea, buenos marcadores metabólicos y energía suficiente para vivir. Un cuerpo que renuncia a su soporte natural por motivos estéticos, añade, envejece peor aunque la apariencia parezca decir otra cosa.
Los pilares que realmente marcan el envejecimiento
La Dra. Tanya Álvarez, doctora en Medicina y especialista en Genética Humana y Medicina Genetista por la Universidad de Valencia, así como experta en Longevidad y Medicina de Precisión de ZEM Wellness Clinic Altea, plantea que la conversación debe centrarse en factores que sí pueden medirse y evaluarse con criterio médico.
Álvarez señala que en consulta no se habla de aparentar menos años, sino de cuatro pilares fundamentales: nutrición, sueño, gestión del estrés y estilo de vida. A su juicio, allí se define el envejecimiento real.
La especialista explica que una alimentación de calidad, antiinflamatoria, con suficiente proteína y micronutrientes adecuados, no equivale a una dieta restrictiva, sino a lo contrario. Cuando una persona reduce de manera drástica el aporte calórico y graso durante años, el cuerpo y el cerebro terminan pagando un costo que puede verse reflejado en los biomarcadores.
El sueño, el estrés y la vida diaria también pesan
La médica también destaca la importancia del descanso. El sueño profundo, indica, es el momento en el que se regenera el sistema inmune, se consolida la memoria y el organismo repara tejidos. A eso se suma el manejo del estrés crónico, que puede marcar la diferencia entre un proceso de inflamación sostenido y uno más controlado, así como entre un envejecimiento acelerado y uno más lento.
Para Álvarez, el estilo de vida también tiene un peso determinante en la longevidad. El movimiento diario, la red social y el propósito vital influyen más que muchos tratamientos sofisticados. En su criterio, la meta no debe ser llegar a los 60 años con apariencia juvenil, sino alcanzar los 80 con energía, autonomía y capacidad mental.
Cuando el envejecimiento estético se convierte en motivo de preocupación, los especialistas recomiendan no recurrir a más tratamientos por impulso, sino a un plan médico personalizado. Ese proceso debe partir de un diagnóstico integral que incluya análisis de composición corporal, marcadores metabólicos e inflamatorios, perfil hormonal, calidad del sueño, nivel de actividad física y la comparación entre edad biológica y edad cronológica, con seguimiento sostenido en el tiempo.