A pesar de que somos una mezcla de razas, etnias, lenguas, costumbres y religiones que habitamos 916 mil km2, al final tenemos unos objetivos comunes tan universales como los puntos cardinales. Ciertamente, existen diferentes expresiones culturales y distintos pensamientos ideológicos, pero respiramos una historia común que nos debería impulsar a lograr la mayor prosperidad nacional.
Sabemos que la voluntad de unión es la herramienta más poderosa para alcanzar la mayor suma de bienestar en el país. En otras palabras, no existe país que progrese si la sociedad está fragmentada, no hay evidencia de que una nación genere avances colectivos si cada cual quiere establecer sus normas por caprichos ideológicos. Más aún, hasta el momento no se conoce alguna república que haya logrado el desarrollo económico alentando la segregación y el nacionalismo destructivo.
Los grandes éxitos nacionales se conquistan gracias a las metas conciliadas y los acuerdos consensuados, donde se aparta el falso patriotismo y los fanatismos obstructivos. Los triunfos como nación se alcanzan con espíritu integrador y empuje colaborativo, en el cual se desechan las posturas intolerantes y las miradas intransigentes.
Me atrevería a decir que ningún venezolano apuesta por el fracaso del país, pero la terquedad nociva, los dogmas paralizantes y los sellos ideológicos nos han empujado al resentimiento, el odio y la división y, en consecuencia, hoy vivimos bajo un modelo autoritario cercano a su extremo final: el totalitarismo.
