Opinión

Nuestro Editorial de hoy: Defendamos la paz

Defender la paz es defender la vida, es defender el derecho a resolver nuestras diferencias de manera civilizada. Defender la paz  es una obligación moral para todos los seres humanos y especialmente para aquellos encandilados por los tambores de guerra.

Defender la paz no es claudicar en la lucha, aunque en el diccionario de los radicales eso sea lo que traduzca.  

Defender la paz es, precisamente todo lo contrario, es la valiente decisión de no rendirme en el reclamo, pero hacerlo valer con las armas del entendimiento. Defender la paz puede sonar dócil o timorato, pero en realidad es para valientes, es una tarea que solo emprenden los honestos, lo que han visto de cerca los horrores de la guerra, para aquellos que sienten el dolor y la tragedia de otros como propios. Solo quienes saben lo difícil que resulta cerrar heridas y sanar memorias, entienden que defender la paz es un imperativo y no una opción.

Jugar a la guerra, en cambio, es fácil; es irresponsablemente sencillo. Jugar a la guerra es despreciar la vida, jugar a la guerra es reivindicar la violencia como una salida válida a las diferencias. Jugar a la guerra es un peligro, casi siempre, no para quienes vociferan desde micrófonos, sino para quienes engañados por sus discursos caen en la tentación del enfrentamiento fratricida.

Esta Casa Editorial siente la inmensa responsabilidad de convocar a la paz, de insistir en invitar a todos los venezolanos a pensar en que es posible y no solo posible sino necesario y urgente resolver todas nuestras profundas diferencias de forma pacífica. Consideramos valiosos y prudentes los esfuerzos que llevan a cabo los representantes diplomáticos de la Unión Europea, junto con México y Uruguay, quienes intentan a través del diálogo, con plazo fijo y metas claras, esto es nuevas elecciones en -menos de- 90 días, solucionar esta grave crisis política que vive el país. Vemos con preocupación, en cambio, que dentro y fuera de nuestras fronteras se aúpe la vía de la fuerza como una alternativa idónea y hasta deseable. Optar por ella resultaría un error histórico y una aventura de incalculables consecuencias a futuro.

Pretender desde el Gobierno pensar o creer que en el país no ocurre nada, o que lo que ocurre es simplemente objeto de “guerras” externas, que en ello nada tiene de responsabilidad, o pensar que podemos sobrevivir en medio del aislamiento político-económico internacional, aspirar a que “las cosas se calmen” y que las consignas y dádivas transmutadas en misiones mitiguen la fatiga social que produce la imposibilidad cierta de acceder a los bienes y servicios mínimos, es tan fantasioso como pretender pensar que una invasión o un golpe militar borrará de un solo plumazo a 30% de la población que aún en las peores circunstancias históricas está a favor del proyecto político que encabeza el chavismo. 

Ninguna de las dos realidades es capaz de ver más allá de su propia esquina: unos se engañan al creer que es posible continuar (resistir) contra la corriente interna y externa que cada día crece, y los otros, con la ilusa versión de que no existen chavistas de corazón sino tarifados por necesidad.

La verdad es que la oposición al Gobierno nacional es inmensa y probablemente no haga sino aumentar, así como que el chavismo es un movimiento político que no va a desaparecer del espectro político venezolano solo porque sus adversarios así lo deseen, o porque sientan que carga con muchas culpas a cuesta. El chavismo tal vez podría ser una oposición muy molesta y difícil de digerir, pero menos de eso imposible.

Hoy, en la frontera se escucharán cantos hermosos, de uno y otro bando, todos disfrutaremos sin importar el color político de sus intérpretes porque la música se hizo para la paz y no para la guerra, y porque aunque todos tengamos derecho a creer, pensar y profesar la religión y la ideología que queramos, al final, el canto y el talento no pueden ser preámbulo para la muerte sino para el amor y para la vida. Porque el canto es esperanza y es pasión. Que esas pasiones contagien de esperanza y buen tino a quienes tienen la tamaña responsabilidad de conducir nuestros destinos y que las voces y los coros opaquen los tambores de guerra que unos pocos pretenden activar.

Para defender la paz y dejar de jugar a la guerra los que hoy gritan envalentonados deberían  bajarle el tono y sentarse a pensar que después de las inútiles balas, de las temibles bombas y de los indeseables muertos, con un país más agotado y destruido que el que ya hoy tenemos, de todas formas, inevitablemente, las partes tendrán que sentarse a dialogar, a contar las pérdidas y a idear cómo volver a comenzar (¿cuánto tiempo tomará eso?, solo el azar podrá determinarlo).

Ahora, si de todas maneras eso es lo que habrá de suceder, ¿qué cuesta hacerlo antes de una tragedia nacional?

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