Desde la antigüedad, el ser humano ha librado guerras para extender territorios, conformar núcleos de influencia, expandir poder económico, político y militar, es decir, conquistar, controlar, subordinar y someter civilizaciones enteras por múltiples intereses. Así pues, en la historia universal encontramos personajes como Alejandro Magno, que se convirtió rey de muchos pueblos, conquistó desde Grecia hasta Asia Central, promoviendo una figura dominante, guerrero invencible y héroe engrandecido sin límites que la palabra derrota le resultaba impronunciable. Sin embargo, murió sin cumplir los 33 años de edad sin sucesor y se consumó su “grandeza” por la ley natural de la vida.
Otro ejemplo de supremacía fue el Imperio Romano, existió por más de 500 años por medio de una monarquía absoluta y teocrática, dominó grandes extensiones geográficas de la actual Europa, Oriente, norte de África y el oeste de Asia. Todos sus emperadores presidieron sus gobiernos con aire de perpetuidad, ninguno meditaba siquiera sobre lo transitorio de su poder. Ciertamente, transcurrieron muchos años pero su desenlace fue la decadencia y el desplome. Con la misma presunción se conformaron las dinastías imperiales chinas, desde tiempos antes de Cristo hasta hace poco menos de un siglo gobernaron los Shang, Zhou, Shi Huangdi, Han, Yuan y la Manchú que fue la última. Este sistema de gobierno expiró a través de una revuelta, acabando con 3 milenios de mando imperial en 1911.
Como últimos ejemplos llamativos se tiene al imperio mongol que liderado por Gengis Khan, construyeron su predominio territorial desde la actual Hungría hasta la Corea de hoy. Khan decía que “como hay solo cielo, debe haber un solo imperio en la tierra”. Con esta frase podríamos adentrarnos en la visión de poder insaciable y codicioso. Imaginarán ustedes las matanzas y las brutalidades de sus fuerzas bélicas de la época. Permanecieron por más de 300 años hasta su desmoronamiento inminente. Asimismo, el imperio otomano inundó de terror al mundo con sus atrocidades sin compasión y perduraron varios siglos de bestialidades. Tampoco creían en el colapso de su hegemonía pero finalmente ocurrió.
Estos modelos de omnipotencia fueron precipitados por los descontentos e inconformidades de sus ‘súbditos’. Estos malestares comunes -de unos y otros – llevaban el nombre de corrupción, privilegios de clase, abuso de poder, barbarie, tiranía, opulencia, lujos, intolerancia, irracionalidad y el conservadurismo. No importó el número de años de señorío, ni sus apariencias de indestructibilidad y ni sus influjos imperiales, siempre terminaron derribados. Hay otro aspecto en común: En su ocaso todos actuaron con mayor agresión y violencia. Esto pudiera significar que el mayor símbolo de la debilidad del dominio se manifiesta en la profundización de la crueldad y la barbarie.
