Hildegard Rondón de Sansó / Exmagistrada de la Corte Suprema de Justicia / [email protected]
Hay muchas cosas que componer en el mundo: algunas de ellas son tan graves, tan decisivas, tan omnicomprensivas de todo, que el único que podría arreglarlas es el mismísimo Creador Supremo, pero hay otras cosas que podemos mejorar con nuestras quejas, demostrando el absurdo de que funcionen como funcionan o que tengan la morfología que poseen.
Así, el problema contra el cual me manifiesto en el día de hoy, deriva de mi condición de lectora. El que es lector por afición está en la misma condición de los niños que comienzan a leer y en consecuencia, leen todo lo que encuentran. Claro! Es fastidioso ir con Michell (4 años) en el carro mientras ella lee “Farmacia los Totumos”; “cruce a la izquierda”, “cuidado con el perro”; “viva la revolución triunfante”; “último aviso para los contribuyentes”. Nada que hacer! Tal como Michell, yo leo todo, pero lo grave es que lo que más me interesaría captar es lo que dice el reverso de los productos farmacéuticos e incluso, esas hojitas cuidadosamente dobladas que acompañan a los medicamentos. El problema está en que lo que intento leer tiene una letra tan pequeña que ni siquiera utilizando una lupa muy potente, podemos entender de qué se trata.
En resumen, hay que hacer una campaña para que se invierta el tamaño de las letras con las cuales se presentan los productos: ya que pueden ponerse los nombres con la letra pequeña pero las indicaciones, contenidos y formas de uso hay que ofrecerlas en letra grande, clara, visible.
Otro punto que nos obliga a buscar el apoyo de grandes masas humanas para formular nuestros lamentos es la forma como los prestadores de servicio, tratan a los usuarios: acercarse a una taquilla significa colocarse ente un empleado que ignora tu presencia: está demasiado ocupado respondiendo al teléfono celular, concluido lo cual seguirá muy ocupado haciendo comentarios a su compañero de taquilla. Para este tipo de trabajador, el usuario es algo al cual hay que ignorar para que desista de la osadía de pretender sus servicios, pero si aún persiste en su empeño, va a recibir una andanada de condiciones esenciales para que pueda realizar con éxito el objeto de la pretensión que lo mueve. Es así como antes de que abra la boca ya el funcionario le habrá recitado la lista de todos los requisitos nuevos establecidos para obtener la chequera que solicita.
Indudablemente el trato que se le da al usuario exige que se dicte un decreto con valor y fuerza de ley: tajante, obligatorio con sanciones de presidio para quienes los incumplan porque en los momentos actuales el usuario no es otra cosa que un elemento que a juicio de los empleados debe ser eliminado. Es así como dicen: “¿por qué no hace todas estas gestiones por internet?” con lo cual nos economizaría muchísimo tiempo. Naturalmente que esa pregunta tiene una clara respuesta en la persona solicitante que es una viejita con bastón, lentes de triple aumento, sin acompañante y de 108 años de edad que está cansada de decir que no sabe ni siquiera que significa la palabra internet.
Finalmente, debo recordar que mi amiga Petrica se queja de los enormes atropellos que se hacen contra las personas de la tercera edad y me narra dos o tres hechos reveladores de la mala intención de los conductores frente a las personas “mayores” que utilizan sus vehículos. Me dice Petrica que tratan al público de “cierta edad” como si se negase a pagar el pasaje y es por eso que hoy en día resulta obligatorio teñirse las canas.