Las ansias y avaricias que inspira la posibilidad de manejar el poder convierten a los hombres en esclavos de sus privilegios. Les inyecta una fuerza descomunal imposible de someter a los propósitos quijotescos del bien común y de los supremos intereses de la nación. Razón y ser de la epopeya admirable en la lucha por el prójimo y el florecimiento de la república. Los deberes se hacen agua en un conflicto existencial y ético de magnitudes paradójicas. Es la eterna batalla entre el bien y el mal. Entre las motivaciones nobles y sublimes y las ambiciones desmedidas y los afanes del egocentrismo y la soberbia. La avidez de poder retuerce los valores de una cultura ciudadana enmarcada en reglas de urbanismo y buenas costumbres. El “Manual de Carreño” es un pasaje de normas donde la decencia, la honestidad y las conductas justas palpitan como valores de la cultura del “buen ciudadano”, tal como lo dice la excelente campaña de Venevisión.
La fuerza de poseer poder sobre las cosas, hombres y circunstancias se encuentra en el ADN del ser humano. Y es una exigencia esencial a la vida y evolución del hombre. Aparece en los primitivos momentos de su coexistencia. De su relación con la sociedad y a su entendimiento con los otros seres. Es producto de la experiencia vivida, de su percepción del entorno que le rodea y de la conducta de los otros seres humanos. Brota de su potencial de decidir su destino y el de los demás. Influenciando los comportamientos y actitudes de otros seres. El vicio del poder nace en los mismos ejes del cerebro humano. Allí se erigen y evolucionan hasta convertirse en una necesidad existencial. El pensamiento nietzscheano, filosófico alemán del siglo XIX, expuesto en su libro “La Voluntad de Poder”, establece que “Los seres vivientes están motivados por la necesidad de mantenerse vivos, y también tienen la necesidad de ejercer y utilizar el poder para crecer y expandir su fortaleza y someter otras voluntades”.
Lo que protagonizamos, hoy en día, es sencillamente una inalienable lucha por la libertad y la democracia. Habida cuenta que en el poder se ha entronizado un gobierno arbitrario, absolutista y despótico. Que aplica interpretaciones manipuladas de normas constitucionales que garantizan su sobrevivencia y hegemonía. Entre los casos más resaltantes tenemos la creación de la Asamblea Nacional Constituyente, que limita las funciones de la opositora Asamblea Nacional; el control con sus militantes de todos los poderes públicos; la férrea centralización de la administración pública nacional; somete a juicio allanándole la inmunidad parlamentaria a decenas de Diputados; un poder electoral que garantiza los resultados favorables al gobierno; adelanta o atrasa las elecciones pautadas por las leyes de acuerdo a su conveniencia y ha permitido el latrocinio del erario público por funcionarios (civiles y militares) del más alto nivel.
En Venezuela, escenificamos una brutal lucha por el poder. Que parte de la premisa, mil veces expresada por ambos bandos (Y originada por Chávez), de que confrontamos a enemigos no a adversarios. Llevando al país a una insensata y fratricida polarización política, donde los extremos marcan el paso. Por su puesto, que la lucha en estos extremos lo justifica la implantación, desde el gobierno, de un modelo que ha forjado con sus políticas un empobrecimiento generalizado de la sociedad, en nombre de su meta de hacer más pobres que ricos. Nivelar la población hacia los estratos más vulnerables y así convertirlos en dependientes de las políticas. En democracia hablamos de persuadir, convencer, incluso inducir. No “de la mano dura para imponer el orden”, tesis del “Gendarme Necesario” de Laureano Vallenilla Lanz, expuesta en su libro “Cesarismo Democrático”. Cuyo perfil político es un gobierno de líder carismático que concentra todo el poder. Una autocracia, que se legitima mediante el voto. Y se sostiene con el respaldo militarista. ¿Acaso, no vemos allí al gobierno Chávez-Maduro?
