La cleptocracia aparece aquí como algo más que corrupción: como una forma de captura del Estado que, según el texto, se alimenta incluso del dolor y la tragedia. Desde Venezuela, el autor la usa para describir un poder que vacía las instituciones y convierte la emergencia en oportunidad de saqueo.

Un poder que confisca y se protege

El planteamiento arranca con una idea central: el problema no se limita a derechas o izquierdas, ni siquiera a democracias o dictaduras, sino a una corriente de confiscación utilitaria del poder que choca con las leyes básicas del decoro humano. En esa lógica, la cleptocracia no solo roba; también desfigura la vida pública y somete a las víctimas a defender, con más fuerza, sus derechos elementales.

Para sostener esa visión, el texto cita a Samuel James y su libro El robo de las naciones, donde se define la cleptocracia como “una enfermedad sistémica en la que la propia arquitectura del Estado facilita el enriquecimiento de la élite gobernante a expensas de la nación”.

También compara ese fenómeno con formas históricas de corrupción desenfrenada en la Roma antigua, algunas monarquías medievales y el saqueo durante la Colonia. En esa lectura, el Estado cleptocrático convierte la ley en “herramienta de saqueo y escudo para la élite corrupta”, mientras se apoya en empresas fantasma, paraísos fiscales y redes de opacidad para ocultar a los beneficiarios finales.

La tragedia de La Guaira como espejo

El texto sitúa esa deriva en Venezuela y la enlaza con la tragedia de Vargas en 1999, marcada por miles de muertos, y con el desastre que atribuye a este 2026 en el estado La Guaira, donde dice que decenas de miles de personas, entre muertos, heridos y desaparecidos, alimentan el registro fúnebre.

En esa misma línea, denuncia conductas que describe como expresión de esa maldad: un funcionario judicial que se aprovechaba de la catástrofe para robar dinero de cadáveres en La Guaira, un ministro que ordenaba confiscar donaciones y ayudas, y obstáculos puestos a rescatistas urgidos de salvar vidas durante la emergencia.

El texto añade que, ante la catástrofe, la respuesta civil ha mostrado un espíritu “envolvente, resiliente y valeroso”, en contraste con la ausencia que atribuye a los militares en la emergencia. También afirma que la figura de María Corina Machado, Premio Nobel de la Paz, resulta incómoda para esa lógica de poder y para quienes la respaldan desde el exterior.

En el cierre, la pieza insiste en que la tensión real no es entre bandos partidistas, sino entre quienes dicen defender la moral y las leyes de humanidad y quienes practican la cleptocracia. Esa oposición, sostiene, se expresa en la disputa por el relato de la tragedia, por sus responsabilidades y por la memoria de los afectados.

Miedo a lo incorruptible

La cleptocracia desafía, atropella sin miramientos, no finge, es descarnada y soez, solo se mira a sí desde su óptica cleptocrática y utilitaria con desprecio de la fraternidad que emerge en los momentos de dolor y tragedia compartidos. La solidaridad, la empatía, el acompañamiento leal son abiertamente burlados.

De allí que el texto presente la tragedia no solo como desastre material, sino como prueba moral de un país donde, aun en medio del derrumbe, la sociedad civil intenta sostener lo que el poder, según esta lectura, destruye.