La primera mitad del año cerró con las Bolsas en terreno positivo y con el apetito por el riesgo todavía intacto, pese a un entorno marcado por tensiones energéticas y dudas sobre el crecimiento. El Ibex terminó el semestre en máximos históricos y dejó atrás el techo de 2007, mientras los inversores siguieron apostando por la renta variable como una de las grandes opciones del año.
Liquidez, resultados y tipos contenidos
La resistencia de las economías ha sido una de las claves para entender ese comportamiento. Aunque la inflación volvió a repuntar, no lo hizo con la intensidad de 2022, lo que evitó un golpe más severo sobre la actividad. A ello se sumaron una liquidez abundante, el interés por comprar en un mercado que venía de varios ejercicios de fuertes cambios y unos resultados empresariales que mantuvieron un ritmo sólido.
También ayudó que los tipos de interés no avanzaran con demasiada agresividad. Ese equilibrio permitió que la renta variable conservara su atractivo incluso en un semestre que, sobre el papel, podía haber resultado mucho más complejo. La subida de los índices no se explica solo por la ausencia de sobresaltos mayores, sino por la convicción de que los beneficios corporativos y la disponibilidad de dinero siguen sosteniendo las valoraciones.
La inteligencia artificial, al centro del mercado
En ese escenario, la inteligencia artificial se ha convertido en el gran relato de los inversores. Sus promesas de futuro y la rentabilidad ya visible de las compañías vinculadas a esta tecnología han alimentado la demanda de acciones y han empujado a muchos gestores a mantener posiciones en los sectores más expuestos a esa tendencia. La IA funciona, al mismo tiempo, como narrativa de crecimiento y como fuente concreta de ganancias para el mercado.
