La propuesta de Andy Burnham de reforzar el “manchesterismo”, una fórmula que busca dar más poder a las autoridades locales, podría servir para reordenar la política británica y el equilibrio interno de su partido. Sin embargo, si el objetivo es reactivar las regiones desindustrializadas, los antecedentes no son alentadores.
Más autonomía, pero no necesariamente más riqueza
La idea de que las autoridades más cercanas a los votantes entienden mejor sus necesidades y compiten con más eficacia entre territorios viene planteándose desde los años 70. En Reino Unido, esa discusión sigue abierta porque los gobiernos regionales y locales solo recaudan el 8,2% de los ingresos públicos, muy por debajo del 37% de media en la OCDE.
Aun así, esos mismos gobiernos concentran cerca de una quinta parte del gasto público. Esa diferencia refleja una tensión habitual en los modelos descentralizados: las regiones y ciudades administran más recursos de los que captan, y la brecha se amplía cuando los territorios más débiles dependen de transferencias provenientes de los más ricos. Burnham ha planteado trasladar parte de la oficina del primer ministro a Mánchester y otorgar a las regiones mayor control sobre servicios, regeneración y reindustrialización, pero no ha detallado cómo se ampliarían esos flujos de financiación. Sobre su apuesta por el manchesterismo, las dudas siguen siendo las mismas: más poder local no equivale automáticamente a más crecimiento.
Lo que muestran los datos
Los registros de la OCDE no muestran una relación clara entre productividad y descentralización. Además, el PIB regional per cápita ha tendido a converger en Europa desde 1980, aunque esa convergencia no se repite dentro de cada país. Ese patrón sugiere que las fuerzas nacionales pesan más que las dinámicas puramente regionales, incluso en economías con marcadas diferencias territoriales.
