Un experimento liderado por María García Capín, de la UNED, y María Silva Gago, del CSIC-Incipit, sostiene que el color rojo en las cuevas paleolíticas…
Un experimento liderado por María García Capín, de la UNED, y María Silva Gago, del CSIC-Incipit, sostiene que el color rojo en las cuevas paleolíticas pudo cumplir una función práctica adicional: captar antes la atención humana en condiciones de muy poca luz. El trabajo, publicado en Time & Mind, plantea que esa ventaja visual habría facilitado la orientación dentro de cavidades oscuras iluminadas solo por antorchas.
Rojo, oscuridad y atención involuntaria
Durante años, las explicaciones más habituales sobre la presencia del rojo en el arte rupestre se han movido entre el simbolismo, la disponibilidad del ocre y la estabilidad del pigmento frente al negro. García Capín y Silva Gago no descartan esas interpretaciones, pero añaden una hipótesis que hasta ahora no se había comprobado de forma experimental: en un entorno de baja luminosidad, el rojo activa con más fuerza la atención visual involuntaria que el negro.
Para comprobarlo, las investigadoras diseñaron un experimento de rastreo ocular con imágenes de motivos rupestres en rojo y en negro. Las pruebas se hicieron con luz reducida, simulando la calidad visual de una antorcha paleolítica. Los participantes observaban las imágenes durante apenas 1,5 segundos, un intervalo en el que la atención involuntaria funciona con eficacia, mientras que la búsqueda deliberada resulta casi imposible. Sin recibir instrucciones para localizar ningún detalle, sus ojos tendían a fijarse antes y con mayor consistencia en los motivos rojos.
Qué aporta la arqueología cognitiva
Este enfoque se inscribe en la arqueología cognitiva, un campo que intenta reconstruir procesos mentales a partir de herramientas, marcas y representaciones dejadas por los primeros humanos. En este caso, la propuesta no se limita a interpretar símbolos: mide una respuesta perceptiva concreta y la relaciona con la vida en espacios subterráneos.
Las autoras explican que la llamada atención bottom-up es automática e involuntaria, es decir, depende del estímulo y no de una decisión consciente. En términos de neurociencia, se trata del mismo mecanismo que hace que una persona gire la cabeza ante un movimiento inesperado en la periferia del campo visual. Bajo una luz tenue, el rojo activa ese sistema con más eficacia que el negro.
Un posible sistema de señalización
La interpretación funcional que proponen no sustituye el simbolismo del rojo en el Paleolítico, sino que lo complementa. Las cuevas no eran espacios abiertos ni bien iluminados, sino entornos oscuros, complejos y potencialmente peligrosos, donde detectar referencias visuales podía ser decisivo. Pintar en rojo algunas bifurcaciones, cavidades relevantes o zonas de actividad habría servido como una forma de señalización capaz de atraer la mirada antes de que interviniera la conciencia.
Desde esa perspectiva, el pigmento no habría sido solo una elección estética o ritual, sino también una herramienta eficaz para moverse por el interior de las cavidades. El ojo humano, en condiciones de poca luz, respondería de manera preferente a ese color, lo que habría podido mejorar la seguridad y la orientación dentro de las cuevas.
Simbolismo y función, al mismo tiempo
Los resultados no permiten saber si los autores paleolíticos eligieron el rojo con una intención consciente de facilitar el desplazamiento o si lo hicieron solo por su carga simbólica. Esa parte, señalan García Capín y Silva Gago, no puede demostrarse con el diseño experimental. Lo que sí queda respaldado es que los motivos rojos son más detectables en baja luminosidad.
La evidencia acumulada durante décadas de evidencia arqueológica ya había subrayado el peso ritual del color en el arte rupestre. La novedad ahora es que el simbolismo y la utilidad visual no se excluyen entre sí. Un mismo pigmento pudo tener valor cultural y, al mismo tiempo, servir como referencia práctica en el interior de una cueva.
Qué falta por comprobar
La investigación abre nuevas preguntas para el trabajo de campo. El siguiente paso será contrastar si los motivos rojos aparecen con mayor frecuencia en zonas de navegación crítica, en cuevas más profundas o en puntos de acceso más complejos. También habrá que estudiar si existe un patrón entre lo representado en rojo y lo pintado en negro que ayude a entender una posible jerarquía espacial o simbólica.
Las pinturas rupestres, plantean las autoras, pueden leerse no solo como una expresión simbólica de los primeros humanos modernos, sino también como una infraestructura visual adaptada a la oscuridad. En ese contexto, el rojo habría funcionado como una señal capaz de imponerse a la mirada en la luz incierta de una antorcha.
La relación entre color, percepción y orientación podría explicarse también desde la la percepción visual, especialmente en escenarios donde la visión depende de estímulos breves, contrastes limitados y luz inestable. Esa combinación, según la hipótesis, habría hecho del rojo una herramienta especialmente útil en las cuevas paleolíticas.