Tras el doblete sísmico que sacudió a la región central del país el 24 de junio, el Parque Generalísimo Francisco de Miranda pasó de ser un espacio de recreación a convertirse en un refugio temporal para decenas de familias que perdieron sus viviendas.
En sus 64 hectáreas de áreas verdes, el Parque del Este fue ocupado por al menos cien carpas multicolores, donde sobreviven damnificados de La Guaira, Los Palos Grandes, Guatire, Altamira y Chacao, todos bajo la misma incertidumbre.
Carpas, miedo y pérdidas en medio del parque
A simple vista, el lugar parece un día de campo: personas conversando, compartiendo alimentos y niños jugando. Pero detrás de esa escena están las historias de quienes lo perdieron todo.
Manuel Sosa es uno de ellos. Perdió por completo la vivienda donde residía en Guatire, estado Miranda, y lleva tres días refugiado en el Parque del Este junto a cientos de desconocidos. El estrés de lo vivido ya le ha pasado factura: dice que necesita hacerse análisis de sangre porque ha presentado fiebre y debilidad corporal.
También está Eliseo Rodríguez, quien vivía en Los Palos Grandes. Aunque su edificio no sufrió daños graves, el inmueble vecino se desplomó por completo, por lo que Protección Civil debe evaluar los daños para evitar riesgos y los residentes fueron desalojados.
Fabiana Ramírez, madre de tres hijos, se encontraba en su apartamento de Misión Vivienda, en Chacaito, cuando ocurrió el doble terremoto. Mientras daba pecho a una bebé de cuatro meses dentro de su carpa, resumió el miedo a no saber qué pasará si su edificio es declarado no habitable.
En otra de las carpas, Yamile Quijada esperaba por su hijo, desaparecido desde el 24 de junio. Habitante de Tanaguarenas, contó que pasó días llorando sin saber si el niño había sido rescatado o había muerto, hasta que logró ubicarlo gracias a las redes sociales y a los periodistas.
Voluntarios y acopio para sostener la emergencia
Mientras crece la incertidumbre de las familias, la sociedad civil organizada ha convertido el parque en un gran centro de acopio. Voluntarios descargan contenedores con insumos, ropa y alimentos, y luego los separan, clasifican y distribuyen.
Una gran cadena humana se encarga de ordenar las donaciones, aunque la logística tropieza con el colapso de los servicios públicos. Antonio Ascanio, voluntario en La Guaira, explicó que la ayuda llega, pero hace falta moverla hacia zonas como Tanaguarenas. Añadió que desde Macuto hacia el este no hay electricidad y se dificultan las comunicaciones.
Ascanio también señaló que hay rescatistas que necesitan hidratación y tapabocas, pero esos insumos no están llegando. Dijo que en La Guaira varias zonas siguen sin energía eléctrica y sin conectividad a internet.
Para reducir el impacto emocional en los más pequeños, organizaciones civiles aportaron pintacaritas, juegos, manualidades y la disposición del Planetario Humboldt. También se vio a Johana Ávila, una cosplayer que acudió vestida de princesa para llevarles un rato de alegría a los niños refugiados.
“Mi mayor motivación es traerle un rato de felicidad a todos los niños que están acá”, dijo. A su alrededor, otras personas vestían trajes de superhéroes y personajes animados, en una escena en la que el alivio no borra el dolor, pero sí ayuda a resistir.
Plaza Altamira también recibió a damnificados
A pocos kilómetros, la Plaza Altamira Sur mostró una imagen similar: una decena de carpas improvisadas en un espacio usualmente asociado al disfrute y la distracción.
Allí también se levantó un centro de acopio para recibir donativos y distribuirlos hacia La Guaira. Decenas de jóvenes, adultos y personas de la tercera edad se sumaron como voluntarios para clasificar y organizar los insumos.
Albert Quintero, uno de los damnificados, perdió su vivienda en Los Palos Grandes. Su esposa acompaña a su madre en el hospital porque el susto del terremoto le causó un ACV. Él asegura que se siente deprimido por todo lo que perdió, aunque agradece seguir con vida.
Entre parques, plazas y carpas, Caracas sigue tratando de asimilar el desastre que dejaron los dos terremotos de magnitud 7,2 y 7,5. Mientras la tierra se calma, las familias esperan saber qué destino correrán y dónde serán reubicadas.
