El doble terremoto del 24 de junio dejó a varios comercios de La Candelaria atrapados entre la urgencia de volver a vender y el golpe de las pérdidas materiales. Entre vidrios rotos, mercancía dañada y deudas que no esperan, los dueños han tenido que abrir puertas en medio de la incertidumbre.
Locales dañados y ventas improvisadas para sobrevivir
En el bodegón Comercial Abroca, de José Gomes, la escena fue de ruina: botellas, aceites de oliva y frascos de alimentos quedaron esparcidos en el piso tras el sismo. “Cuando me asomé, dije: ‘Vámonos de aquí’, porque perdiste tu plata”, recordó.
El comerciante tardó un día completo en limpiar el local y reacomodar lo que quedó en pie. Desde entonces, el agua de coco y los productos refrigerados de alta rotación, como yogures, quesos y refrescos, han servido para sostener el negocio en los primeros días después del sacudón.
La preocupación, sin embargo, va más allá del daño inmediato. Gomes admitió que no ve posible hablar de normalidad: considera que la incertidumbre frena cualquier plan de mediano plazo y obliga a replantear desde cero la actividad comercial.
En el Frigorífico Alfredos, María García, administradora del local, contó que el equipo de ocho personas sigue afectado emocionalmente. Aunque la demanda de carne y pollo se mantiene, la afluencia de clientes ha sido baja porque muchos, en especial adultos mayores, no pueden salir de sus casas debido a la restricción del uso de los ascensores por seguridad. Para atenderlos, el negocio empezó a coordinar pedidos y entregas por un grupo de WhatsApp.
También en la Panadería Lamedor Deli, José Antonio Gómez Acosta explicó que trabajar se ha vuelto una forma de no quedarse paralizado por el miedo. Allí observan dos reacciones: clientes que se quedan a conversar para desahogarse y otros que compran de prisa, sin permanecer más de lo necesario por temor a otra emergencia.
Deudas, impuestos y falta de apoyo agravan la reapertura
Los negocios que no venden productos de primera necesidad han tenido que adaptarse o abrir por presión financiera. Raúl Hernández, copropietario del Bazar El Tilar, retrasó una semana su reapertura mientras reparaba una tubería rota, atendía la vivienda afectada de su suegra y esperaba inspecciones estructurales antes de dejar solas a sus hijas en el apartamento.
Cuando logró retomar la actividad, volcó parte de su inventario hacia cocinas eléctricas y la reparación exprés de ollas y grecas, en respuesta a la suspensión del servicio de gas directo en varios edificios de la zona. “Las facturas no se detienen, los servicios tampoco”, dijo.
Hernández también alertó sobre el impacto del aumento del dólar y sobre un posible desabastecimiento por la mercancía retenida en La Guaira, el estado más afectado por los terremotos.
En ese contexto, comerciantes de la zona reclaman alivio fiscal y financiamiento. Alfonso Urbina pidió que el Seniat y la Alcaldía exoneren temporalmente los tributos para evitar multas automáticas. Gomes, por su parte, planteó suspender por completo el pago de impuestos comerciales durante la reconstrucción.
Consecomercio calcula que la carga tributaria sobre las compañías formales en Venezuela se ubica entre 57% y 60% de la ganancia bruta o de la capacidad operativa. El gremio también estimó que solo en La Guaira más de 250 pequeños y medianos negocios sufrieron daños totales o parciales.
Además del alivio tributario, los comerciantes piden crédito flexible, evaluación y refuerzo de las estructuras debilitadas, así como garantías para el suministro de agua y electricidad. Sin esas condiciones, advierten, mantener las santamarías arriba seguirá siendo una tarea cada vez más difícil.
