Los terremotos del 24 de junio pasado dejaron una fuerte devastación en La Guaira y, en las horas posteriores, la respuesta más visible no vino de los entes gubernamentales, sino de vecinos y voluntarios que se movieron para llevar ayuda a las zonas afectadas.
Entre ellos destacan Jonathan Ravelo, diseñador gráfico y editor de video de 37 años, y Joselyn Pereira, música y productora audiovisual de 31, dos caraqueños que vivieron el miedo del sismo y luego decidieron sumarse al socorro.
En moto por Chichiriviche, Macuto y Tanaguarena
Ravelo convirtió su motocicleta en herramienta de trabajo y de rescate. Recorrió Chichiriviche de la Costa, Caribe, Macuto y Tanaguarena para bajar insumos médicos, comida, agua y ropa donada, además de trasladar personal médico a zonas a las que los camiones y las gandolas no podían entrar por el estado de las vías.
También apoyó en la búsqueda de personas desaparecidas. Uno de los episodios más duros que enfrentó fue la búsqueda de Isaac, un niño de 11 años de su entorno.
“Me mandaban pistas de diferentes lugares y fui a buscarlo por todos lados con la esperanza de hallarlo con vida. Al final, los rumores eran falsos. Lo encontraron sin signos vitales dentro de su apartamento destruido”, relató.
La travesía sobre dos ruedas dejó secuelas físicas y materiales. Las carreteras destrozadas y las largas jornadas dañaron severamente su moto, por lo que tuvo que pagar por su cuenta un costoso mantenimiento correctivo.
Ayudar como respuesta al miedo y a la pérdida
Joselyn Pereira vivió el sismo en el piso 12 del bloque 1 de Simón Rodríguez, en Caracas, junto con su pareja y su madre, quien padece esclerosis lateral amiotrófica, una condición que limita casi por completo su movilidad.
“Fue aterrador. Pensé que íbamos a morir allí. Nos abrazamos muy fuerte bajo el marco de la puerta mientras veíamos cómo se agrietaban brutalmente las paredes”, contó.
Cuando el movimiento cesó, logró bajar a su madre por las escaleras, con ayuda de varios vecinos, hasta el estacionamiento, donde pasaron la primera noche. Más tarde la llevó a Guatire, en el estado Miranda, y regresó a Caracas para sumarse a los despliegues en La Guaira.
Con su equipo de trabajo y también de forma independiente, Pereira ha estado en Caraballeda, Catia La Mar, Playa Grande, el Polideportivo, el estadio César Nieves, Naiguatá y las OPPE de Caraballeda, donde apoyó a rescatistas que removían escombros.
La tragedia también la tocó de cerca: un primo suyo y la esposa de este murieron bajo los escombros de su casa en Playa Grande. A pesar de estar a pocos minutos del sitio, el colapso vial y las restricciones de seguridad le impidieron llegar a tiempo.
Para ella, el trabajo humanitario se volvió una forma de sostén emocional. “No importa si tengo que trabajar horas extra de forma voluntaria, aliviar el dolor de otros sana el mío”, afirmó.
El costo personal de seguir ayudando
La labor de estos voluntarios no solo implicó cansancio y exposición al desastre. En el caso de Ravelo, el impacto económico fue fuerte porque sus ingresos como trabajador independiente dependen de entregas diarias.
Pasó varias semanas sin poder trabajar y reconoce que varios clientes no entendieron los retrasos derivados de su participación en el voluntariado.
Pese a las deudas acumuladas, ya tiene planificada otra rodada en moto para llevar más insumos. Joselyn, por su parte, sigue repartiendo sus horas entre el trabajo y el apoyo social, convencida de que la emergencia aún no termina.
“Esto no acaba ahorita. La situación de tragedia en La Guaira, partes de Caracas, El Junquito, Valencia y Maracay requiere que sigamos atendiendo y abordando a nuestras comunidades”, dijo.
La historia de ambos resume el pulso de una respuesta ciudadana que, entre escombros, vías colapsadas y pérdidas humanas, sostuvo la ayuda donde más faltaba.
