La Armada de Estados Unidos está impulsando un giro en su estrategia de investigación: reservar los recursos públicos para capacidades que la industria no…
La Armada de Estados Unidos está impulsando un giro en su estrategia de investigación: reservar los recursos públicos para capacidades que la industria no desarrolla por su cuenta y dejar de duplicar avances que ya financia el sector privado. La jefa de investigación naval, Rachel Riley, defendió ese cambio como una respuesta a un sistema más lento y burocrático, en el que la velocidad pasó a ser una prioridad.
El punto de partida de esta forma de pensar tiene un antecedente histórico muy citado: en 1969, el primer mensaje de la red dentro de DARPA debía ser “LOGIN”, pero la transmisión se interrumpió después de enviar solo “LO”. Medio siglo después, la Armada parece apostar por una lógica parecida: dejar que el mercado avance donde existe rentabilidad y concentrar el esfuerzo estatal en lo que solo el ámbito militar necesita.
Un cambio de criterio en la inversión
Riley sostuvo que no tiene sentido destinar dinero público a replicar lo que ya está en marcha en la industria privada. La idea central es sencilla: si un desarrollo puede generar beneficios, el capital privado terminará llegando. En cambio, la misión militar debe enfocarse en aquello que no tiene una demanda comercial clara, porque ahí es donde el Estado tiene un papel insustituible.
Ese razonamiento, descrito como una idea casi brutal por su sencillez, implica una revisión del modo en que la Oficina de Investigación Naval ha operado durante décadas. La nueva línea busca reducir estructuras, simplificar trámites y acortar los tiempos entre la idea y su despliegue.
La propia Riley resumió el cambio con una frase que marca el tono de esta etapa: la rapidez se convirtió en el eje del trabajo, y la consigna es no copiar lo que ya construye la industria. En términos estratégicos, la conclusión es clara: en una guerra tecnológica, el tiempo pesa tanto como la tecnología.
Capacidades que no tienen mercado civil
La nueva prioridad está en sistemas que no encontrarían espacio en el mercado comercial. Riley lo ilustró con un ejemplo vinculado a los submarinos: no existe una necesidad comercial de tubos muy silenciosos que puedan moverse bajo el agua durante largos periodos. Ese tipo de capacidades, por definición, quedan en manos del Pentágono.
El contexto da peso a esa postura. Con el acuerdo AUKUS en marcha y la guerra submarina recuperando protagonismo en el Indo-Pacífico frente a China, la Armada busca acelerar inversiones que no dependen de un mercado civil para existir.
Del experimento al uso operativo
Un ejemplo de esta transición es el Sea Hunter, que comenzó como experimento en 2017 para cazar submarinos y despejar minas. Su paso a una capacidad operativa real tomó casi una década, un plazo que la Armada quiere reducir de forma drástica.
La lógica ahora es otra: menos laboratorios eternos y más prototipos que lleguen rápido a la flota. El reto ya no consiste solo en demostrar que un sistema funciona, sino en incorporarlo antes de que quede desfasado.
Un caso reciente reforzó esa idea. Un dron naval autónomo Saronic Corsair participó por primera vez en el rescate de dos pilotos derribados de un Boeing AH-64 Apache frente a la costa de Omán. Más allá del rescate, el dato que destacó fue el tiempo: cuatro meses entre la primera prueba y una misión real con éxito. Para la Defense Innovation Unit, ese ritmo de iteración es precisamente el objetivo.
La apuesta por enjambres autónomos
El siguiente paso no está en fabricar un dron aislado, sino en coordinar decenas o cientos de sistemas a la vez. Riley y Jarred Conley coincidieron en que el desafío real es pasar de un humano controlando una plataforma a un humano dirigiendo enjambres completos.
Riley comparó varios enfoques actuales con niños corriendo detrás del mismo balón, sin coordinación. Por eso la Armada estudia cómo se organizan insectos y aves, con la intención de trasladar esa lógica biológica al plano militar. La próxima revolución, según esta visión, no será el dron individual, sino una masa inteligente capaz de actuar con mayor autonomía.
Burocracia y velocidad
El trasfondo de todo este movimiento es una crítica interna al propio sistema de adquisición y desarrollo. La Armada parece haber asumido una lección que la guerra en Ucrania dejó al descubierto: innovar rápido resulta más importante que perfeccionar con lentitud.
Durante años, el Pentágono intentó controlar cada fase del desarrollo. Ahora empieza a aceptar un papel distinto: identificar vacíos, financiar lo que hace falta y dejar que la industria complete el resto. La apuesta, en definitiva, es que el futuro militar no se gane inventándolo todo, sino distinguiendo qué merece ser inventado por el Estado y qué puede dejarse en manos del mercado.