Imaginemos una escena corriente. Alguien recibe un vídeo que asegura que las estelas blancas de los aviones contienen sustancias destinadas a manipular el clima o envenenar a la población. No está convencido, pero tampoco sabe lo suficiente para descartarlo. Así que abre Google y busca información. Otra persona tropieza con mensajes que presentan las ciudades de 15 minutos como un proyecto para controlar los movimientos de la ciudadanía. Ambas teclean una consulta en busca de hechos.

Ese gesto tan cotidiano encierra una pregunta fundamental: ¿buscar en Google nos conduce necesariamente hacia información que corrige una teoría conspirativa o puede acercarnos a contenidos que parecen confirmarla? Un equipo de la Universidad Tecnológica de Queensland decidió comprobarlo examinando tanto los resultados tradicionales como los resúmenes generados por inteligencia artificial, cuyos hallazgos fueron publicados en la revista científica Media International Australia.

Más de 1.600 búsquedas para analizar la respuesta algorítmica

El equipo reunió 65 consultas sobre estelas químicas en los cielos y 53 relativas a ciudades de 15 minutos. Un agente virtual las lanzó dos veces al día durante siete jornadas, entre el 14 y el 20 de enero de 2026. Todas se realizaron desde Sídney. El programa guardó la primera página y, cuando aparecía un resumen generado por inteligencia artificial sobre los resultados de búsqueda, almacenó también ese texto y las referencias que lo sustentaban, alcanzando 1.629 observaciones en total.

Después, cotejaron qué ocurría con una búsqueda general y qué sucedía al utilizar expresiones propias de una creencia conspirativa. Los resultados demostraron que cambiar unas palabras modifica qué páginas aparecen, qué fuentes ganan visibilidad y qué explicación ofrece el sistema.

El peligro de la falsa equivalencia en los resúmenes automatizados

Conforme las búsquedas adoptaban un registro próximo al de las comunidades conspirativas, el conjunto de enlaces devuelto tendía a alejarse de las formulaciones generales, ofreciendo proporcionalmente más noticias y contenidos de redes sociales favorables a tales creencias. El contraste se volvió especialmente interesante al analizar los resúmenes automáticos. Con las estelas químicas, las protecciones funcionaron con relativa eficacia y no se promovió la teoría.

Sin embargo, con las ciudades de 15 minutos sucedió algo distinto. De los 40 resúmenes analizados cualitativamente para ese tema, un 12,5 por ciento presentó la conspiranoia como una postura dentro de un debate legítimo. La investigación destaca que legitimar una teoría de este tipo no exige escribir que es verdadera; a veces, basta con presentarla como una alternativa razonable mediante una falsa equivalencia que concede apariencia de debate donde no lo hay.