Una tanatóloga intenta ordenar el registro de dos mujeres muertas mientras, a pocos pasos, una hija llora y grita por su madre. La imagen concentra el dolor de una jornada marcada por el desconcierto, la urgencia y la carencia de recursos mínimos para atender a las víctimas.
Identificar antes de trasladar
Uno de los cuerpos permanece más de una hora expuesto al sol, cubierto con sábanas y cobijas. Encima le colocan cal para disminuir el olor, mientras se espera una camioneta que se los lleve. En ese momento, la prioridad no es solo retirar los cadáveres, sino dejar constancia de quiénes eran, para que no queden reducidos a una bolsa blanca sin nombre.
Por eso hace falta escribir los datos básicos: nombres y número de cédula. Esa información permite que cada cuerpo pueda ser reconocido y que el traslado no borre la identidad de las mujeres fallecidas. Sin embargo, el apuro choca con una falta elemental: nadie consigue un papel o algo para escribir. La escena se llena de preguntas repetidas y de una desesperación que crece mientras pasan los minutos.
La petición de una hoja, de un lápiz o de un marcador resume la precariedad del momento. Lo que debería ser un procedimiento de rutina se convierte en una carrera improvisada para evitar que las víctimas desaparezcan también en el registro. La urgencia de anotar un nombre, una cédula o una referencia básica revela hasta qué punto la tragedia desbordó los recursos disponibles.
