Aceptar que se necesita ayuda, identificar heridas que permanecen abiertas durante años o aprender a convivir con una enfermedad mental son procesos que…
Aceptar que se necesita ayuda, identificar heridas que permanecen abiertas durante años o aprender a convivir con una enfermedad mental son procesos que no siempre resultan sencillos. Aun así, para Aitor, Mireia y María Teresa, esas experiencias se convirtieron en una vía para entenderse mejor, recuperar bienestar y mirar la vida con más claridad.
Aitor: confiar en el tratamiento para recuperar estabilidad
Aitor, de 35 años y vecino de Montgat, en Barcelona, comenzó un tratamiento después de atravesar una etapa complicada en la que le costaba mantener la estabilidad mental tras la muerte de un familiar. Recuerda que el primer obstáculo fue asumir la enfermedad y confiar en la atención recibida. Con el tiempo, esa decisión se transformó en un apoyo clave para mejorar su calidad de vida.
Durante el proceso, también percibió actitudes que atribuye al estigma que todavía rodea a este tipo de trastornos. Afirma que, aunque no fue algo generalizado, sí notó rechazo y considera que la discriminación social continúa presente en pleno siglo XXI.
Con el paso del tiempo, dice que empezó a notar cambios importantes: más claridad, mayor control sobre el día a día y una sensación más firme de estabilidad. Para él, se trata de un proceso continuo, pero con un impacto muy positivo en su vida.
Su aprendizaje principal quedó resumido en una idea: la recuperación requiere tiempo y constancia, pero con apoyo y tratamiento es posible volver a encontrar equilibrio y seguir adelante. Por eso, anima a otras personas en una situación parecida a tener paciencia consigo mismas, confiar en el proceso y usar las herramientas disponibles. También subraya la importancia de seguir las indicaciones y expresar lo que se siente cuando haga falta.
Mireia: poner nombre al acoso y no callarlo
Mireia, de 41 años, recuerda una infancia marcada por una experiencia que todavía sigue presente. Tras repetir curso en la Educación General Básica, dejó de tener amigas y empezó a sentirse sola. Explica que no entendía por qué nadie quería jugar con ella, incluirla en los equipos de deportes ni hablarle, mucho menos invitarla a sus cumpleaños.
Durante aquellos años sufrió insultos, burlas y agresiones por parte de otros niños. Se describe como una niña aislada, que se quedaba en un rincón del patio hasta que sonaba la sirena. La situación se prolongó hasta los 12 años, cuando su familia se trasladó a Barcelona por motivos laborales.
Ese primer día de clase se prometió que nunca más permitiría que volvieran a pisotearla, y asegura que ha cumplido esa decisión durante toda su vida. Sin embargo, reconoce que todo aquello la dejó marcada y que le costó volver a confiar en la gente.
Lo más difícil, dice, fue comprender lo que realmente había vivido: identificar que sufrió bullying, reconocer que fue la víctima y ponerle nombre a esa experiencia. Considera que las secuelas de aquella etapa aún la acompañan y que, a sus 41 años, sigue intentando cerrar esa herida.
Con el paso de los años, afirma que esa vivencia también la hizo más fuerte y resiliente. Hoy procura no darle demasiada importancia a lo que puedan pensar de ella quienes no la quieren. Aun así, admite que le habría gustado aprenderlo de otra manera.
Su mensaje para otras personas es directo: no dejarse pisar, no agachar la cabeza y contarlo cuanto antes a los padres, profesores o a quien sea necesario. Para Mireia, guardar silencio solo prolonga el daño.
María Teresa: reconocer que necesitaba ayuda
María Teresa, de 56 años y vecina de Segovia, identifica como momento clave en su bienestar el hecho de acudir al psicólogo. Lo más difícil fue aceptar que no podía salir adelante por sí sola y entender que su mente también estaba enferma.
Su experiencia cambió la manera en que ve la salud mental y la necesidad de acudir a profesionales cuando hace falta. Sostiene que debe prestarse atención a estos problemas con la misma seriedad que a cualquier otra enfermedad del organismo, ya que la cabeza también puede enfermar y requiere tratamiento especializado.
Como consejo, anima a cada persona a mirar su propia evolución y comparar cómo se siente ahora con respecto a su pasado. En su opinión, ese ejercicio permite comprobar con más claridad cuánto se ha avanzado con el tiempo.