El lactato, durante años señalado como un enemigo del ejercicio, ha pasado a mirarse como una molécula energética clave. Ahora, su versión ingerida despierta expectativa en el deporte de resistencia, aunque todavía no hay pruebas sólidas de que mejore el rendimiento.

Del supuesto desecho a combustible del cuerpo

Durante mucho tiempo, el lactato fue considerado un producto de desecho responsable de la fatiga muscular, las agujetas y la caída del rendimiento. Hoy esa visión quedó atrás: en condiciones fisiológicas, lo que producen los músculos durante el ejercicio intenso es lactato, no ácido láctico.

La fisiología del ejercicio entendió hace décadas, con el concepto de Lactate Shuttle, que esta sustancia circula entre tejidos y puede ser usada como fuente de energía. El músculo activo la produce, el corazón consume grandes cantidades, el cerebro también puede utilizarla cuando sube la demanda energética y el hígado puede transformarla nuevamente en glucosa mediante el ciclo de Cori.

Por eso, el lactato también se describe como una molécula señalizadora o lactormona, con participación en procesos vinculados a la biogénesis mitocondrial, la adaptación al entrenamiento y la regulación del metabolismo energético.

La evidencia sobre el lactato ingerido sigue siendo débil

La gran pregunta es si el organismo puede absorber lactato por vía oral en cantidades suficientes y convertirlo en un apoyo real para el ejercicio. El intestino cuenta con transportadores específicos, llamados MCT, que movilizan monocarboxilatos como el lactato, el piruvato o los cuerpos cetónicos.

Sin embargo, que exista esa vía biológica no significa que la suplementación funcione como ayuda ergogénica. Los estudios disponibles son todavía escasos, con grupos muy reducidos y muy específicos de deportistas de élite, por lo que no pueden extrapolarse al resto de los atletas.

Las primeras investigaciones apuntan a un posible aumento ligero del bicarbonato sanguíneo y a cierto efecto tampón frente a la acidosis. También sugieren que podría servir como combustible energético. Aun así, los resultados en rendimiento son modestos e inconsistentes: solo hay señales posibles en ejercicios de alta intensidad y corta duración, mientras que en pruebas de resistencia prolongada no aparecen mejoras claras.

Hasta ahora no existen revisiones sistemáticas ni metaanálisis sólidos que permitan recomendar el lactato ingerido como ayuda ergogénica basada en la evidencia.

La dosis probada y el lugar de los carbohidratos

En el estudio citado, no se observaron mejoras en el rendimiento con una dosis de 120 mg/kg de peso administrada 70 minutos antes del ejercicio. Eso equivale aproximadamente a 7,2 g para un deportista de 60 kg, 8,4 g para uno de 70 kg y 9,6 g para uno de 80 kg.

La idea no parece ser reemplazar la glucosa o la fructosa, sino sumar un tercer combustible potencialmente utilizable por el organismo. Aun así, toda la evidencia disponible sigue situando a los hidratos de carbono como el principal sustrato nutricional durante los deportes de resistencia.

En ese terreno, las recomendaciones que recoge el texto van de 60 a 90 gramos por hora en la mayoría de deportes de resistencia, y hasta 150 gramos por hora cuando existe un adecuado entrenamiento digestivo y se usan diferentes transportadores intestinales.

Hasta el momento, no se han descrito problemas importantes derivados del consumo puntual de lactato oral en deportistas sanos. Pero persisten incógnitas sobre la dosis óptima, el momento de administración, la interacción con la glucosa y la fructosa, la tolerancia gastrointestinal en esfuerzos muy prolongados y la respuesta individual.

La novedad, impulsada por el desarrollo de un sistema de lactato encapsulado en formato gel, ha despertado interés en el deporte de resistencia. Con todo, la prudencia sigue marcando el paso: hoy hay más base fisiológica que evidencia clínica para hablar de una ayuda real al rendimiento.