La envidia suele cargar con una reputación negativa, ya que se asocia comúnmente con el resentimiento, la comparación constante y el deseo de que a los demás les vaya mal. Sin embargo, la psicología apunta que no todas las formas de experimentar esta emoción son perjudiciales. Existe una variante conocida como envidia benigna o «envidia buena» que, lejos de sabotear a la persona, puede convertirse en un motor eficaz de crecimiento personal.

La diferencia entre nivelar hacia arriba o hacia abajo

La principal distinción entre la envidia destructiva y la benigna radica en la dirección que adopta el sentimiento. Mientras la primera busca desear la pérdida del otro para igualar la balanza, la segunda intenta «nivelar hacia arriba», utilizando el éxito ajeno como una referencia para mejorar. Según explica la psicóloga Andrea Rosario Sánchez, este tipo de envidia carece de hostilidad y se enfoca estrictamente en el objeto o el logro obtenido.

Cuando se experimenta esta sensación, se percibe una brecha entre la situación actual y los deseos personales. No obstante, en lugar de generar un bloqueo en la frustración, esa distancia funciona como un mapa que orienta el camino a seguir, transformando un obstáculo en una fuente genuina de motivación.

Envidia benigna frente a la admiración

Aunque a menudo se confunden, la admiración y la envidia benigna operan de manera diferente en la psique humana. La admiración se caracteriza por ser pasiva y distante, donde la persona reconoce el mérito ajeno pero asume una postura de resignación en la que el objetivo queda fuera de su propio alcance.

En contraste, la envidia benigna resulta más incómoda debido a que involucra una comparación directa con el otro, pero es precisamente ese malestar el que impulsa a actuar. El pensamiento subyacente deja de ser inalcanzable para convertirse en una meta propia: «Ella ha podido hacerlo y yo también quiero conseguirlo».