El inicio del nuevo curso escolar suele marcar un reinicio en los hábitos: se retoma el ejercicio, se ajusta la alimentación y se prioriza el descanso. Sin embargo, hay una parte del cuerpo que rara vez forma parte de estos propósitos: el suelo pélvico, una estructura esencial que no solo regula la continencia, sino que también sostiene los órganos pélvicos, influye en la función sexual y trabaja en coordinación con el abdomen y el diafragma durante el movimiento.
Dejar de normalizar los síntomas
Frases como «solo me pasa al estornudar», «es normal después de tener hijos» o «pierdo un poco al correr» son comunes, pero las pérdidas de orina no deben considerarse normales. Adaptar la vida para evitarlas no es la solución; el primer paso es entender por qué ocurren y buscar ayuda profesional.
Otro error frecuente es esperar a que aparezcan molestias para actuar. Una valoración preventiva del suelo pélvico es clave en etapas como el embarazo, el posparto, la perimenopausia o la menopausia, así como al reanudar actividades deportivas de alto impacto. Prevenir implica conocer el estado de esta musculatura antes de que surjan problemas.
Entrenamiento y hábitos cotidianios
El suelo pélvico no se cuida solo con ejercicios. El estreñimiento, los esfuerzos repetidos al defecar o una tos crónica pueden sobrecargarlo. También es importante revisar costumbres como ir al baño «por si acaso» sin necesidad real. La salud de esta zona depende, en gran medida, de hábitos intestinales, urinarios y de movimiento adecuados.
Además, no todos los ejercicios son enemigos del suelo pélvico. Correr, saltar o levantar peso no deben eliminarse automáticamente, sino evaluarse si el cuerpo está preparado para tolerar esa carga. Una valoración profesional, un trabajo de fuerza progresivo y una adaptación adecuada pueden permitir recuperar actividades abandonadas por miedo o síntomas.
Los ejercicios de Kegel, aunque populares, no son la solución universal. Cada persona puede tener necesidades distintas: desde debilidad muscular hasta dificultades para relajar la zona. La clave está en una valoración previa que determine el tipo de entrenamiento más adecuado, ajustando intensidad, duración y frecuencia a cada caso.
Más allá de los ejercicios
El suelo pélvico forma parte del core y debe trabajar en sincronía con el diafragma, la musculatura abdominal y los multífidos. Por ello, integrarlo en el entrenamiento del resto del cuerpo es fundamental. Situaciones cotidianas como levantarse, cargar peso o jugar con los hijos exigen una respuesta coordinada de todo el sistema.
Asimismo, la menopausia no debe ser sinónimo de resignación. Los cambios hormonales y en los tejidos pueden afectar la salud genitourinaria, pero existen opciones terapéuticas para mejorar síntomas como pérdidas de orina, sequedad vaginal o molestias en las relaciones sexuales. Nunca es tarde para empezar a cuidar esta zona.
Finalmente, un síntoma no debe condicionar la vida. Si el suelo pélvico limita actividades deportivas, sociales o cotidianas, es señal de que requiere atención. El objetivo no es solo fortalecer la musculatura, sino recuperar función y calidad de vida.




