Política

Mundaray sostiene que el crimen organizado se adaptó en Venezuela

Zair Mundaray plantea que las redes criminales no desaparecen con la caída de sus jefes, sino que mutan. En su análisis, ubica a Venezuela como una expresión de esa adaptación.

Mundaray sostiene que el crimen organizado se adaptó en Venezuela

Zair Mundaray sostuvo que el crimen organizado contemporáneo no se extingue con la caída o captura de sus principales figuras, sino que se reorganiza y adapta sus métodos para preservar sus ingresos y su capacidad operativa. Bajo esa premisa, afirmó que la situación venezolana debe leerse a la luz de experiencias previas en Colombia y México, donde las grandes estructuras del narcotráfico sobrevivieron a golpes de alto impacto mediante nuevas formas de organización, menor exposición pública y una diversificación sostenida de sus actividades.

En su análisis, Mundaray recordó que la imagen de grandes capos abatidos o encarcelados suele instalar la idea de una victoria definitiva contra el crimen. Sin embargo, señaló que la experiencia histórica ha mostrado lo contrario. Citó el caso de Pablo Escobar, cuya muerte en 1993 no significó el fin del negocio, sino su transformación. Expuso que, tras el Cártel de Medellín, el narcotráfico evolucionó hacia esquemas más discretos como el Cártel de Cali, luego hacia redes sicariales coordinadas por La Oficina de Envigado y, finalmente, hacia los llamados “narcos invisibles”, operadores con bajo perfil y mayor capacidad para integrarse a circuitos financieros y empresariales.

La referencia a México y el cambio del modelo

Mundaray también mencionó la captura de Joaquín “El Chapo” Guzmán en 2016 como otro ejemplo de esa capacidad de mutación. Indicó que, lejos de suponer una derrota terminal para el Cártel de Sinaloa, ese episodio abrió paso a una fragmentación interna encabezada por facciones como “Los Chapitos” y “La Mayiza”. Según expuso, esas estructuras modificaron el esquema tradicional basado en cultivos y rutas convencionales para pasar a la producción de drogas sintéticas como fentanilo y metanfetaminas, un modelo que describió como más barato, menos dependiente de factores climáticos y con altos márgenes de ganancia.

A partir de esos antecedentes, Mundaray argumentó que la supervivencia criminal suele apoyarse en dos elementos: la descentralización operativa, mediante redes o franquicias, y la diversificación del portafolio ilícito. Desde esa lectura, ubicó al llamado Cártel de los Soles no como una excepción aislada, sino como una estructura que, según dijo, llevó esa lógica a un grado superior al incrustarse en instituciones del Estado. Sostuvo que su funcionamiento no responde al modelo clásico de una organización vertical con un solo jefe visible, sino al de una red clientelar apoyada en actores militares y en el control de infraestructuras oficiales.

Diversificación de rentas ilícitas

En esa línea, afirmó que la adaptación más reciente de esa estructura en Venezuela estaría marcada por una ampliación de sus fuentes de recursos. Según su planteamiento, ya no dependería exclusivamente de rutas tradicionales del narcotráfico, sino también de actividades como la explotación en el Arco Minero del Orinoco, el contrabando de combustibles y el control de servicios básicos. Añadió que una de las expresiones más graves de esa mutación sería el cobro de peajes en rutas de tráfico ilegal de migrantes, aprovechando la salida de venezolanos del país.

Mundaray agregó que, en ese esquema, grupos armados y organizaciones criminales actuarían como estructuras subcontratadas para el control territorial y la ejecución de tareas violentas. Entre los actores que mencionó figuran facciones disidentes de las FARC, el Ejército de Liberación Nacional, conocido como ELN, y el Tren de Aragua. Su tesis es que estas agrupaciones operarían como franquicias armadas, mientras desde la cúpula política y militar se garantizarían condiciones de impunidad y mecanismos de lavado de capitales.

Como conclusión, Mundaray afirmó que el error de buena parte del análisis internacional ha sido interpretar el caso venezolano con categorías políticas tradicionales, sin atender la dimensión criminal que, a su juicio, domina el funcionamiento de esa estructura. Sostuvo que el fenómeno exige una mirada más amplia sobre cómo operan estas redes, cómo sustituyen liderazgos y cómo abren nuevas vías de financiamiento cuando enfrentan presión externa o crisis internas. En su valoración, comprender esa lógica de adaptación resulta clave para cualquier estrategia que busque desmontar esas operaciones en Venezuela.

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