Reuben Morales lanzó una propuesta satírica para formalizar con una ley el costo que, según plantea, asumen los vecinos cada vez que un muchacho rompe un vidrio, una teja, un matero, un adorno, un parabrisas o un bombillo mientras juega béisbol en la calle.

La carga de las ventanas rotas

En su planteamiento, Morales sostiene que ese gasto termina siendo asumido por la comunidad y que, en la práctica, los verdaderos patrocinantes de la formación de un pelotero no serían su familia, sino los vecinos afectados por los pelotazos. A partir de esa idea, plantea que ese desembolso debería quedar reconocido bajo una figura llamada Impuesto al Béisbol.

El humorista lleva el razonamiento al extremo al afirmar que el costo de reponer ventanas, tejas, materos, adornos, parabrisas y bombillos dañados por niños que juegan pelota representa, en lugares como La Sabana o San Pedro de Macorís, una parte enorme de la economía local. En esa misma línea menciona a la Anvpu, identificada como la Asociación Nacional de Vecinos de los Pisos Uno, como aval de esa cifra exagerada.

Reparto de bonos y reconocimiento a los vecinos

Morales también propone que, en caso de aprobarse esa ley, todo pelotero que reciba un bono de firma distribuya el dinero de esta manera:

  • 5 % para el entrenador que lo formó.
  • 5 % para la madre que lo parió.
  • 35 % para el vecino que tuvo que soportarlo.

Además, sugiere que, si ese jugador llega al Salón de la Fama, nombre a todos los vecinos en su discurso de exaltación.

Nuevos criterios para evaluar peloteros

La propuesta continúa con una idea igualmente irónica: que los scouts no limiten su evaluación a las cinco herramientas tradicionales del béisbol —fildeo, brazo, contacto, poder y velocidad—, sino que incorporen otros indicadores vinculados con los daños causados en la barriada.

Entre esos nuevos parámetros menciona el número de batazos que rompieron cosas en el vecindario, el nivel de molestia de los residentes, el efecto sobre el valor de los inmuebles cercanos, el WAR entendido como Windows Almost Replaced y la rapidez con que el jugador corre cuando oye el sonido de un vidrio quebrándose.

Con ese enfoque, concluye que el primer cazatalentos de un beisbolista no sería un scout de Grandes Ligas, sino el vecino que ha tenido que reponer varias veces sus ventanas por culpa del muchacho que juega pelota en la calle.

La otra cara de la medida

Morales también ironiza sobre una posible respuesta más extrema: prohibir jugar béisbol en la calle. Aunque reconoce que esa salida parecería práctica, advierte en tono humorístico que podría dejar sin trabajo a vidrierías, fabricantes de parabrisas, vendedores de tejas, jardineros, pintores y hasta psicólogos especializados en personas irritadas por los niños que juegan pelota.

Al cierre, plantea que, la próxima vez que un vecino rompa algo jugando béisbol, la víctima podría estar frente a una futura estrella de las Grandes Ligas o ante el hijo de un dueño de vidriería dispuesto a beneficiar a su familia.