Había una vez dos avestruces que eran muy amigas.
Sin embargo, contrario a su rutina habitual, decidieron jugar un poco para divertirse, lo cual ocasionó una seria discusión entre ellas, pues ambas querían ser la que impusiera el juego.

Había una vez dos avestruces que eran muy amigas.
Sin embargo, contrario a su rutina habitual, decidieron jugar un poco para divertirse, lo cual ocasionó una seria discusión entre ellas, pues ambas querían ser la que impusiera el juego.
-Jugaremos a lo que yo diga –decía una.
-No, es a mí a quien corresponde ese derecho –ripostaba la otra.
Así, ninguna de las dos cedía hasta que ciertamente riñeron con fuerza, enemistándose por muchos días.
Pasada la euforia del desencuentro, los avestruces decidieron hacer las paces y dialogar sobre lo que había pasado. Civilizadamente y conversando, coincidieron en que la decisión del juego a seguir la alternarían por día, de forma que las dos tuviesen los mismos derechos y deberes.
De esta manera no riñeron nunca más, y cuentan quienes las ven que todos los días juegan amistosamente.
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