Después de pasar los últimos 15 años gravitando en el sistema escolar, la niña rara, la marciana, aterrizó en la universidad. Por más que le aseguramos que la universidad sería diferente, ella iba llena de aprehensión, buscando rutas de escape incluso antes de entrar… hasta que cruzó la puerta.
Yo la vi alejarse con pasos pesados, como si la mochila le pesara mucho, entonces vi cómo sus pies se hacían ligeros, sus pasos casi saltarines; la vi voltear con una sonrisa que me decía adiós.
Con la misma sonrisa, ahora más grande, salió de clases. Nunca la había visto tan feliz al final de un día de escuela. “Los chamos son como yo”, me dijo, aliviada de saber que en la tierra viven otros marcianos. ¡Y las clases! El profe nos dijo es que ahí había horizontalidad, y todos nos quedamos viéndolo con cara de ¿que qué?. Horizontalidad, nos explicó, es que él no está ahí solo para enseñar, sino para aprender; que nosotros, los chamos también tenemos muchas cosas que enseñar… ¡Horizontalidad!
La casona colonial donde funciona la universidad se llena cada día de colores y notas musicales. “¿Tu sabes lo que es estudiar pintando? ¿Que nadie te diga que ya eres demasiado grande para pintar? Y mientras pintas, algunos chamos de música tocan la guitarra y las chamas de danza son tan bailarinas.
