Daniel Innerarity / Catedrático de filosofía política y social / @daniInnerarity
Cuando los estadounidenses eligieron a George Bush algunos lo saludaron como la posibilidad de que una persona normal llegara hasta allí y ahora podemos asegurar que la democracia es un sistema tan abierto que puede llegar a ser presidente incluso alguien muy por debajo de lo normal.
¿Qué está pasando para que los populistas parezcan disfrutar de tantas ventajas? Mi hipótesis es que nuestros sistemas políticos no son capaces de gestionar la creciente complejidad del mundo y son impotentes ante quienes ofrecen una simplificación tranquilizadora, aunque sea al precio de una grosera falsificación de la realidad y no representen más que un alivio pasajero.
Las recientes elecciones en Estados Unidos han sido la apoteosis de algo que se observaba en muchas democracias: más que elegir, se “des elige”; hay mucho más rechazo que proyecto. Estos comportamientos del “soberano negativo” manifiestan una profunda desesperación: no se vota para solucionar sino para expresar un malestar.
Se equivoca quien juzga este incremento de los extremismos a partir de los movimientos antidemocráticos que dieron lugar a los totalitarismos del pasado. La democracia es un conjunto de valores y procedimientos que hay que saber equilibrar (participación ciudadana, elecciones libres, juicio de los expertos, soberanía nacional, protección de las minorías, primacía del derecho, deliberación, representación…). Los nuevos populismos tienen una retórica democrática porque toman uno sólo de ellos y lo absolutizan, desconsiderando todos los demás. Se degrada la democracia cuando se absolutiza el momento plebiscitario o cuando entendemos la democracia como soberanía nacional impermeable a cualquier obligación más allá de nuestras fronteras.
Una democracia de calidad es más compleja que la aclamación plebiscitaria; en ella debe haber espacio para el rechazo y la protesta, pero también para la transformación y la construcción. No se toman las mejores decisiones cuando se decide sin buena información (Brexit) o con un debate presidido por la falta de respeto hacia la realidad (Trump).
Hemos de trabajar en favor de una cultura política más compleja y matizada. Cuando las sociedades se polarizan en torno a contraposiciones simples no dan lugar a procesos democráticos de calidad. ¿Cómo promover una cultura política en la que los planteamientos matizados y complejos no sean castigados sistemáticamente con la desatención e incluso el desprecio? ¿Cómo evitar que sea tan rentable electoralmente la simpleza y el mero rechazo? ¿Por qué son tan poco reconocidos valores políticos como el rigor o la responsabilidad? Sólo una democracia compleja es una democracia completa.