Confieso que me gusta este duodécimo y último período del año en el calendario gregoriano, diciembre, por aquello de los buenos propósitos a final de mes. En un mundo de sentimientos contradictorios, donde nos educan para el triunfo en lugar de prepararnos para el valor, hace falta sin duda proyectarnos una buena ración de utopía, o de valía armónica; y, así, poder enseñar los dientes ante la falsedad vertida por los caminos de la vida.
Los tiempos actuales, tan diversos y distintos según territorios, andan atormentados por la sin razón de un mundo terrorífico. Deberíamos parar este absurdo ánimo de venganzas y violencias, con otras poéticas más de abrazo, más del aliento, más de la claridad que de las oscuridades. No podemos fragmentarnos. Nos necesitamos como piña planetaria. Nuestra propia vida es una vida en los demás y por lo demás, lo que requiere diversas sintonías, variados abecedarios, pero un distintivo lenguaje, el de una corpulencia coordinada bajo un mismo pulso, que no es otro que la poética del acoger y perdonar. Por ello, sería bueno que los nuevos proyectos educativos, hablasen de menos triunfos pasajeros y de más fortaleza para reencontrarse con tanto corazón herido, con tantas existencias rotas. Sin duda, la mejor docencia es aquella que enseña a ser compasivo, humanitario, tocando y vendando los cuerpos ensangrentados, reciclando espíritus contaminados por el espanto, rehabilitando, con generosidad y tesón, aquellas atmósferas putrefactas por otras más auténticas y justas. El ser humano necesita ponerse en acción. Activarse como valor. Sentirse único y exclusivo; y, a la vez, en relación con sus análogos y necesario para sus análogos. Extendamos manos. Sembremos sonrisas. No perdamos la oportunidad de acercar una palabra amable en todo momento. Esto es lo verdaderamente cuantioso y enriquecedor como especie pensante. En este sentido, nos llena de alegría que Naciones Unidas esté trabajando de manera eficaz con ese mundo migrante, activando diálogos entre países y regiones, e impulsando el intercambio de experiencias.
En esa lucha consigo mismo, a través de la crítica conciencia de cada cual, todos podemos ser poetas de la vida. Nada es imposible si nos dirigimos con nervio a ser músicos de lo armónico. Hagámonos valer. Generemos un nuevo estilo de comportamiento.
Por otra parte, muy mal por aquellos que desestabilizan gobiernos, que todo lo destruyen a su antojo. Ya globalizados, es el momento de conciliarse entre culturas, de reconciliarse los moradores entre sí, de fortalecer el estado de la poesía más pura, la que tanto nos hermana con la creación de oportunidades para todos. Ningún verso suelto. Todos en conjunto somos mejores. Que por mucho que un yo valga, que lo vale, nunca tendrá el valor más alto, el de un nosotros protegiendo toda luz, con la fuerza común de toda luminaria, haciendo convivencia, no conveniencia; creciendo en humanidad; viviendo por amor y conviviendo con amor, en definitiva. Sea así, así sea.
