Para mi amigo Antonio Díaz, que amó al país como ninguno hasta su último suspiro… Todo intento de explicar las motivaciones en la conducta de los altos dirigentes oficiales pasa por un extenso y riguroso examen psicológico. Dicho de otra ma
Por Óscar Morales / Economista / [email protected]·
Para mi amigo Antonio Díaz, que amó al país como ninguno hasta su último suspiro… Todo intento de explicar las motivaciones en la conducta de los altos dirigentes oficiales pasa por un extenso y riguroso examen psicológico. Dicho de otra manera, para encontrar argumentos esclarecedores de la conducta gubernamental debe apelarse a fundamentos psicológicos (algunos dicen que se incluya al esoterismo y darían más razones).
A lo largo de estos años, el discurso oficial para transmitir las explicaciones sobre cualquier evento nacional en cualquier ámbito tiene un solo culpable: los otros. Lógicamente, se ha reinventado en muchas imágenes dependiendo del hecho; se ha cambiado el rostro para pintarlo con algo de verosimilitud y hasta se reconstruye un poco el lenguaje para seducir. Sin embargo, esa técnica tiene su desgaste aunque no se tenga pronóstico de expiración exacta.
Apelar a ese irresponsable y viejo recurso de atribuirle el saldo de la depresión económica, el colapso de los servicios públicos y todo el deterioro institucional que vive el país a una guerra económica, al imperialismo norteamericano, a la oposición o cualquier sujeto extraño que aparezca mañana es la conducta más infantil, ligera, neurótica y cobarde que puede tener la dirigencia oficial.
Es evidente que esa estrategia está arropada de una desconexión bárbara, pero conscientemente diseñada; está revestida de fantasías nacionales, aunque perfectamente concebida; está cubierta con un sinfín de incongruencias, empero con un bosquejo estipulado línea por línea. En esto sería lo único que no existe improvisaciones: en la construcción de culpables y enemigos.
El recurso de trasladar la culpabilidad a los demás es magistral para desinflar los fallos personales aunque no para corregir las actuaciones erráticas. Transferir la responsabilidad es muy útil para desprenderse temporalmente de cualquier consecuencia —positiva o negativa—, pero no para anular la conciencia moral que cada ser humano tiene (aunque se dude muchas veces sobre esa propiedad del ser).
A partir de la forma que valoran diariamente los sucesos, se podría diagnosticar algún síndrome psiquiátrico al Poder Ejecutivo. Pues, insistir todos los días en lo mismo sin resultados beneficiosos pertenece a esos pacientes relacionados con algún trastorno psicótico. Dado que personalmente, me cuesta creer que todos los acontecimientos que se viven en la actualidad hayan sido los esperados. ¿O será que ciertamente apuntaban a este estado calamitoso? Se me hace difícil suponer que alguien insista en hacer las cosas de un modo que no obtenga los resultados deseados y permanezca con la misma estrategia.
Si buscamos razones para explicar esta conducta “persistentemente perjudicial” no encontraría otras como: su descreencia por estimar otras posibilidades de hacer cosas diferentes, no saben hacer otra cosa, por parálisis mental o por creer que todavía no lo han repetido suficientemente.
Optimista y curioso como siempre les pregunto: ¿En algún momento les invadirá el sentimiento de culpa para que establezcan medidas de reconsideraciones? ¿Creerán en algún intento de enmienda o reparación? ¿De verdad no sentirán culpa nunca? ¿Respiran sin remordimientos? La psicología de las emociones nos afirma que en cualquier instante el ser humano siente como esa emoción negativa que llaman culpa asalta la conciencia.
Casi imposible ponerle nombre a todo lo que vive el país, es desolador. Por lo pronto, seguirán acusando a los otros, al resto, a los demás, pese a que se ha hecho mucho daño y la precariedad late en todo el país. Cambien de táctica, pues, lamento decirles que eso también expira. No es eficaz, porque nadie tiene todo el tiempo del mundo para creerlo todo y esperar lo mucho. Ya lo dijo Lincoln: “…no podemos engañar a todo el mundo todo el tiempo”.
Amigo Antonio, por aquí seguirás. Ya sabemos que nada es para siempre.