Por Oscar Morales, economista ([email protected])
Uno de los temas socioeconómicos más sensible y debatido que se ha abordado en la última década ha sido la desigualdad económica. A pesar de que se ha escrito mucho sobre esto, se han reproducido distintas estrategias para enfrentar este padecimiento mundial y se han promovido desde diferentes ópticas propuestas útiles, desafortunadamente no se ha logrado avanzar contra este infortunio, sino al contrario, año a año se incrementan las disparidades entre la población de menores recursos y aquella de mayores ingresos.
Así lo demuestra un informe publicado por el banco suizo Credit Suisse (es destacable de donde proviene, pues no lo reseña un movimiento ideológico antisistema, sino un símbolo representativo de la estructura que propicia de muchas maneras las inequidades). Del mencionado informe se desprenden las siguientes cifras impresionantes: el 0,7% de la población mundial atesora el 45,2% de la riqueza global y el 10% más rico posee el 88%. En otras palabras, el 1% más acaudalado tiene casi la mitad de los activos globales y el 90% de la población se reparte un 12% de la riqueza total. Describiendo donde se concentra la mayor riqueza se tiene que Norteamérica posee casi el 35%, Europa el 32% y la región Asia-Pacífico (excluyendo China) ostenta el tercer lugar con 19%.
Diferentes estudios afirman que la desigualdad causa convulsiones sociopolíticas, pone en entredicho a cualquier sistema de gobierno, se compromete negativamente la cohesión social, entorpece el crecimiento económico, disminuye la eficiencia económica, reduce la productividad, restringe las oportunidades a la sociedad, desincentiva la educación y acrecienta las brechas sociales.
Para encontrar algunas explicaciones sobre los aspectos que encierran los orígenes de las desigualdades otros académicos advierten que los ingresos van a estar determinados en su mayoría donde hayas nacido, otra variable explicativa es quiénes sean tus progenitores, y por último en menor cuantía, tu posición en la distribución de la riqueza lo define tu afán, empeño, raza, género y/o suerte. Son detalles no menores, puesto que esto estaría expresando que son componentes fuera de control y no el merecimiento, la virtud y los méritos personales los determinantes del posicionamiento individual.
Apuntando a lo mismo, puede agregarse el argumento central del economista Thomas Piketty en su libro “El capital en el siglo XXI”, donde señala que la tasa de retorno sobre el capital es mayor a la tasa de crecimiento económico provocando la concentración de la riqueza y la amplificación en la desigualdad.
Al momento de preguntarse qué hacer para reducir la desigualdad, el mundo no está en orfandad y presenta innumerables opciones. Se pasean estrategias que van desde la promoción de la inserción laboral femenina hasta mejores diseños de sistemas tributarios, pasando por la promoción de mayores oportunidades de empleo de calidad a formulación de políticas públicas destinadas a mejorar la educación en todos los niveles.
¿Conservar políticas para favorecer a los del 1% o encauzar reformas para lograr bienestar compartido? El Estado responsable (sin aventuras) tiene mucha competencia en este desafío: intentar que el crecimiento sea tocado por todos. ¡Magno reto! Pero la otra opción es reforzar los condicionantes que profundizan la desigualdad. ¿Qué elegirá el mundo?