Opinión

La última piragua en el Lago de Maracaibo

No es justo dejar morir la última embarcación de su estilo, menos si aún flota sobre las aguas del Lago de Maracaibo. Algo debe hacerse por rescatar de las gargantasdel egoísta olvido a las raíces de nuestra cultura.

César Bracamonte 

La última piragua está a punto de morir. La Firma de Oro es su nombre y parece estar condenada como sus antecesoras a un lugar en el fondo de las contaminadas aguas del Lago de Maracaibo. Seis años atrás, la embarcación fue alcanzada por un petardo que la incendió y hoy, atada y desahuciada, perece sin remedio ante los ojos de todo un pueblo que, de algún modo, debió haberla salvado.

Muchos son los misterios que rondan a estas antiguas embarcaciones, al parecer una maldición cayó sobre ellas y la gran mayoría han tenido destinos fatales.

Una de ellas es la protagonista de una de las peores tragedias acaecidas en el Lago. En 1937, Ana Cecilia (La piragua) se incendió y naufragó llevándose consigo un centenar de personas. La embarcación había salido de Maracaibo con destino a Cabimas, con unas 40 personas más de las que soportaba su capacidad.

Las piraguas aparecieron en el Lago de Maracaibo a finales del siglo XIX. Marcaron una época en la economía y como medio de transporte en el apartado estado Zulia, antes de la construcción del Puente y de muchos avances tecnológicos. Estas embarcaciones de asmo, ceiba y vera, dirigían el destino socioeconómico de la región y de gran parte del sur de Colombia. En sus vientres, además de personas, viajaba lo necesario para la vida en la aún rural ciudad maracaibera.

Pero se plagaron de tragedias. El viernes 7 de enero de 1955, a La Diáfana un cortocircuito en el motor la incendió y ésta luego encalló en un taladro petrolero. La desgracia fue mayor: más de 30 personas murieron durante el hallazgo. De igual forma, La Graciela se hundió con 26 prostitutas que viajaban desde Potreritos a Ciudad Ojeda. El Bajel salió a eso de las 10:00 pm rumbo a la zona de tolerancia de la mencionada ciudad, pero a la altura de El Bajo un desperfecto mecánico la hizo zozobrar y llevarse consigo a esas 26 almas.

Entre 1890 y 1960, un centenar de piraguas surcaba a diario las aguas del Coquivacoa, repletas de frutas, abono, combustible y gente. Zarpaban desde Gibraltar y Ceuta hasta el malecón de Maracaibo y otros destinos adyacentes; crujía el maderamen de sus rústicas construcciones que, lejos de ofrecer seguridad, significaban un peligro inminente que poco a poco fue revelándose en sus paulatinas tragedias.

  

 

La Santa Teresita dio varios avisos antes de incendiarse, hasta que en una travesía hacia Los Puertos de Altagracia, con 70 personas a bordo, se accidentó, levó anclas con exceso de pasajeros y esto originó la tragedia.

La Firma de Oro, la última piragua, avanza hacia un destino incierto. Es la última de su estirpe y el último vestigio de una época.

Al igual que ha pasado con muchos de los íconos culturales de la región, hoy se le da la espalda a este símbolo de la cultura del zuliano. Desde su trágico incendio, unos años atrás, en la víspera de Navidad, el gobernador de turno festejó con fuegos artificiales y petardos y uno de éstos fue a parar a la durmiente piragua que reposaba sobre un costado del malecón.

Desde entonces su suerte ha estado echada. Su dueño, Carlos Castellano, relata su historia.

“Fue el sustento de mi familia y de mis ocho hijos, con ella logré darles comida y educación, lo mismo había hecho mi padre con nosotros. La piragua significó el bastión de todas las generaciones de los Castellano. Mi papá la compró en sociedad con un hermano en 1918, —de ahí datan los papeles del navío de madera tallada, hoy cercenada por el fuego— y luego nos quedó a los hijos; yo me quedé con La Firma de Oro. Me hice navegante y amalgamé desde entonces un cierto amor por las piraguas. Hoy la veo sucumbir con tristeza”.

La embarcación también tiene su lado oscuro. An algún momento, Castellanos quiso ampliar sus horizontes y empezó a navegar con frutas y en algunos momentos plátanos de contrabando cuando este escaseaba en el mercado de Aruba y Curazao, las Antillas llenaron las arcas del navegante, pero la tragedia no estaría muy lejos. La Firma de Oro se hundió en el mar Caribe, después de haber chocado con otra piragua en una planicie del mar que los marineros llaman La Macoya. Carlos, dentro de ella, logró salvarse junto con la tripulación. Sin embargo, el buzo no corrió con la misma suerte y murió ahogado.

Después de un mes, Castellanos decidió no buscarla más, se había perdido en el fondo del mar, muchos fueron los intentos por ubicar la piragua. Ni siquiera halló los restos del naufragio, parecía que se la habría tragado el mar para siempre.

 

 

“No la busques más”, le dijo la esposa a Carlos. Le hicieron un novenario como a un miembro más de la familia para dejarla descansar en paz. Así fue como Carlos quiso darle tranquilidad a su corazón y dejarla ir. Pero, un día, sobre otro barco, Carlos avistó un trozo de madera a la deriva en el mismo mar que había perdido su piragua. La reconoció de inmediato. Era un pedazo de su piragua. El buzo de la embarcación en la que viajaba se hizo al mar y al cabo de unos minutos regresaría con la noticia: “¡Ahí está tu piragua!”

Doce pipas vacías bastaron para reflotar a La Firma de Oro, que al cabo de unos meses estaba de nuevo sobre las aguas. Pero, el fuego parece perseguir su madera, consumir como a sus primas hermanas hasta las cenizas y hacerlas desaparecer de la faz de las aguas.

No obstante, sigue en pie aunque maltrecha. Pereza sus vaivenes en el sopor del malecón, sin no más que su último doliente: Carlos, que aboga por ella sin descanso. Ha hablado con varios representantes de la política que se han ofrecido a salvarle el maderamen, pero al cabo del tiempo se olvidan. Suerte tuvo su prima, la “Santa Margarita”, que en un rincón de los Puertos de Altagracia se mece al cuidado de una familia que no permite que perezca todavía.

La Firma de Oro está varada, está devastada por aquel voraz incendio y la inclemencia del bamboleo de las aguas contra el malecón. A leguas se le ve el costillar como dientes gigantes.

Carlos asegura que solo hacen falta cinco metros cúbicos de madera y doscientos mil bolívares, el amor y la dedicación la pondrá él —lo admite—. El resto queda de la parte cultural y el patrimonio de la región.

No es justo dejar morir la última piragua, menos si aún flota sobre las aguas del Lago de Maracaibo.

Nada pudo hacerse por la “Ana Cecilia” ni por la “Santa Teresita”, menos por la Diáfana. Sus historias están ahí, como la figura iconoclasta de una época que no volverá, que no dejó rastro.

Algo debe hacerse por rescatar de las gargantas del egoísta olvido a las raíces de nuestra cultura, el progreso y la tecnología no deben ser factores de sustitución. Es justo avanzar, pero sin echar a un lado lo que en su momento era lo único.

Carlos Castellanos no se da por vencido, piensa que en algún momento verá vestido al Coquivacoa del colorido y la alegría de estas naves. Si no es así, al menos mantenerlas viva en su memoria, aunque sea la única que se preocupa por mantener a flote el legado de estas embarcaciones que tanto le dieron a la región zuliana desde finales del siglo XIX y que hoy por apatía cultural y hedonismo han sido echadas a un lado, para dar paso a un progreso que en nada ha favorecido al patrimonio cultural ni a su misma gente.

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