Lo que comenzó como un sistema rudimentario, compuesto por tres ollas ‘mondongueras’ calentadas a punta de reverberos, un poco de lúpulo y malta de cebada, terminó en el nacimiento formal de Cerveza Nativa en noviembre de 2013, un ambicioso proyecto materializado por Fernando Finol y Eduardo Barrientos, quien fuera su socio para ese momento.
Una pila de cajas repletas de botellas nos reciben en la entrada de su pequeño ‘búnker’ que se enfría a 18 grados para mantener la consistencia de la bebida, en San Francisco. Dos jóvenes con guantes, tapabocas y mascarillas se encargan de la elaboración del producto.
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Todo está pulcro. Los equipos, de última tecnología e importados de Alemania, están conformados por dos máquinas especiales al fondo de la sala para macerar y cocinar los ingredientes, una habitación donde mantiene aproximadamente veinte tipos de cereales diferentes y un pequeño cuarto con tanques de plástico de 60 litros que esperan por la preparación de la fórmula para finalmente fermentar y envasar manualmente. El resultado: una botella estándar de un litro de cerveza burbujeante, con la temperatura perfecta para ser degustada.
“Decidimos que el concepto fuera el de cerveza gourmet para la alta gastronomía. Tengo ocho años llenándome de conocimientos, cuando viajaba a Estados Unidos y Argentina me llamaba la atención aprender cómo se hacían estas cervezas. Experimenté estudiando a través de internet y con un maestro cervecero en Washington, porque tomaba las cervezas que se hacían en su bar, eso fue hace ocho años. Me fijé en la fabricación, él fue quien realmente me impulsó a hacerlas en mi casa, cada vez que tenía alguna duda le enviaba un correo y así fui mejorando mis recetas, prepararla es exactamente igual que cocinar”, suelta Fernando, ingeniero en electrónica de profesión.
Olerla y luego probarla. Ese es el lema a la hora de consumir las cervezas artesanales. De los nueve estilos que fabrica Nativa, la ‘negra’ es la estrella de las ventas en esta empresa por su esencia a cacao venezolano.
“Usamos varios estilos, entre ellos el alemán, inglés e irlandés, pero diseñamos nuestras recetas no tan apegados a ellos, sino que los usamos como base para nuestras recetas. Tratamos de que los sabores sean más tropicalizados porque queremos que nuestra cerveza sepa al café que se bebe uno en las mañanas en Maracaibo, que se identifique fácilmente. Queremos dar otro matiz a la cerveza”, explica Finol mientras manipula el software que le permite controlar el proceso de realización de la bebida.
La genuinidad de la cerveza en Venezuela data de 1843 en el estado Aragua, fecha en la que se creó la primera bebida artesanal de la actualmente reconocida Cervecería Tovar. Su producción asciende a más de 7 mil cajas al mes de la popular versión Pilsen.
Según cifras de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Venezuela es el tercer país que más consume cerveza en América Latina, con una ingesta anual per cápita de 8,9 litros. Lo cierto es que no es hasta hace un poco más de cinco años, que los denominados microcerveceros comenzaron a pulular en el país con mayor fuerza.
Para ellos, hacer cervezas artesanales es cuestión de panas. Una reunión familiar o un encuentro casero en garajes, estudios de grabación, jardines, apartamentos y pequeñas fábricas armadas con todos los hierros son los puntos de encuentro de un grupo cercano a 50 venezolanos entusiastas que ha despertado el boom de la ‘birra cultura’.
“Va dirigida a grupos muy particulares, improvisamos espacios en nuestras casas. No somos una competencia para una cerveza tradicional. Nuestra bebida funciona más como un sustituto del vino, no queremos tenerla para emborracharse, sino más bien creando una comunidad que destaque su sabor, su fuerza como en otros países del mundo, pero poniendo nuestro toque nacional”, expresa Luis Roa, realizador de la Cervecería Tepuy en Valencia y miembro de la Asociación de Cerveceros Artesanales de Venezuela (Acav).
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En la cocina de una casa al norte de Maracaibo funciona el taller de Orlando Bracho, arquitecto, de 51 años; y Wilmer Hernández, estudiante de ingeniería electrónica, de 25 años, quien es amigo del hijo de su socio. Durante una conversación en la que coincidieron en que querían concretar el sueño que tenían en común, dar a conocer las cervezas ‘made in Venezuela’.
“Empezamos a investigar y encontramos un curso en Barquisimeto con el maestro cervecero de Brahma, asistimos juntos y allí comenzamos el camino del ensayo y error para elaborarla como nos imaginamos. Duramos como año y medio afinando las recetas”, manifiesta Orlando Bracho.
Cervecería Artesanal de Maracaibo se formó también el año pasado. Con poco más de tres meses en el mercado, sus variaciones de esta burbujeante bebida, bautizada como La India, cumplen con la ley de la pureza bavaria de 1.516: combina agua, cebada malteada, lúpulo y levadura. Dos ollas son suficientes para fabricar 1.400 litros de cerveza al mes, cuyo proceso se extiende unas siete horas. Parece un camino tedioso, pero ellos lo toman como una actividad familiar que se puede realizar mientras cocinan una parrilla o disfrutan de un domingo con los amigos.
“Hicimos ollas de acero inoxidable con grado sanitario, el sistema de filtrado de acero inoxidable. Una bomba de estilo sanitario para que se mantenga limpio el grano y no se dañe la cocción. La hacemos netamente artesanal, no usamos ningún equipo que ayude a facilitar el trabajo. El proceso fluye como lo haría una gran cervecería pero en pequeña escala”, detalla el joven estudiante de ingeniería electrónica.
La India es una joven con mirada penetrante que se puede ver reflejada en su primera línea: la cerveza ale roja, con aromas cítricos y afrutados; la chocolate, que tiene un leve sabor a café; y la rubia clásica, que se asemeja a la cerveza tradicional pero presenta un volumen mayor de sedimentos.
“Buscando entre el baúl de los recuerdos conseguí una foto de mi mamá en el año 1956 y sale disfrazada de india, por eso nos pareció bonito crear una imagen de tradición en base a una que ya existía, dándole un toque más moderno”, detalla Natalia Armas, esposa de Bracho sobre la idea de la marca y adelantó que la familia tiene planificado armar su propia fábrica, a mediano plazo.
A pesar de que puede ser consumida en restaurantes de alta gastronomía de la ciudad y en algunas licorerías, su distribución es más frecuente a través de encargos y su comunidad crece poco a poco en las redes sociales. Pueden ser encontrados en twitter como @Cerveza_Nativa y @cervezartemaracaibo.
Sin duda, son llamadas cervezas de autor, pues ninguna se parece a la otra. En algo sí coinciden, los impulsores de esta innovadora idea no compiten unos con otros, pues cada uno defiende el hecho de que es un producto con sello nacional y alzan su voz para legalizar su venta sin alterar la raíz de su realización, que es de naturaleza casera.
“Buscamos que se enamoren de la cerveza artesanal tanto como nosotros disfrutamos cada minuto del proceso de elaboración, sus orígenes y expandir la cultura cervecera pues hay desconocimiento del producto a pesar de que somos uno de los países que más consumen cerveza en el mundo. Nuestras bebidas artesanales llevan plasmada la pasión”, finalizó Hernández.