En la coyuntura política actual, cuando el dialogo y la negociación constituyen una imperante necesidad, las redes sociales, devenidas en territorio afectivo, promueven sentimientos de aversión, repulsión o profunda antipatía hacia el adversario político, así como el deseo de dañarlo o destruirlo.
Redes del odio o de la indignación donde tienen lugar la virtualización de los afectos y los vínculos sociales; donde -de la mano de nuevos sujetos políticos- se incuban otras formas de vida, de relacionamiento y sociabilidad.
En un país interpretado y vivido desde una perspectiva política polarizada y radicalizada, se impone el odio político hacia quienes tienen posiciones distintas. Desde esa plataforma afectiva, se crean vínculos sociales, conexiones y formas de coexistencia en los que el odio integra y une más que el amor, el respeto, la comprensión, la amistad o los nexos familiares. Desde esa perversa dimensión afectiva se produce un deterioro del tejido social, se generan daños emocionales, psicológicos, morales y culturales. Fracturada la convivencia básica se estigmatiza la tolerancia, el entendimiento y el respeto al otro diferente; se castiga el disentimiento, se avala y se da puerta franca a la violencia sociopolítica.
Las redes sociales en tanto territorio afectivo-religioso se tornan en una suerte de púlpito desde donde predicadores y predicadoras del odio promueven el rechazo, la radicalidad y las salidas violentas. No se acepta la legitimidad del adversario, enemigo a muerte a quien hay que exterminar a cualquier precio. Al traidor hay que estigmatizarlo y, en casos de reincidencia, destruirlo virtualmente. Muy lejos queda el tema del perdón, la reconciliación, el rencuentro, el respeto, el dialogo…
