El sacrosanto derecho de la comunicación, calificado de “libre y plural”, cuya contrapartida es el derecho a la información que ha de ser oportuna, veraz, imparcial, sin censura, sometido a la Constitución y con sus corolarios, los derechos de réplica y rectificación, se ha encontrado afectado como nunca antes por la parcialización, esto es, por las tendencias ideológicas o partidistas de los profesionales del periodismo. La parcialización sería aceptable cuando se trate del análisis de los sucesos, esto es, del juicio ideológico con respecto a lo acaecido o esperado, pero al versar sobre la simple exposición de hechos, no hay cabida para tal tendencia. En la vida real, nos encontramos con que es sobre los hechos, que la parcialización mediática se ha hecho más exacerbada.
Parcializarse sobre los hechos significa darle a los ciudadanos en general que esperan la noticia, su visión equivocada, porque solo se mencionan aquellos convenientes a los fines que se persiguen. Así, en una escena en la cual un policía se enfrenta a un manifestante agresivo, la cámara parcializada toma solamente al policía, señalando la dureza de su acción. Esta fotografía no nos dirá nunca la realidad de lo sucedido, sino que será la prueba de lo que quiere hacérsenos saber, que lamentablemente, no es la realidad, sino una parte de ella.
Hemos vivido el drama de unas agencias internacionales parcializadas, capaces de enviarnos cables, fotografías, películas de hechos que ellos quisieran que hubiesen sucedido en la forma en que los exhiben y que, para lograrlo han sido manipulados, e incluso, algunas veces forjados. Ante tal situación, el público calificado e inteligente, ha comenzado a reaccionar como corresponde, que no es otra que prescindir de los medios parcializados: pasar a otro canal la secuencia televisiva; comprar otro periódico; buscar la noticia en otra estación social y; ocurrir a las redes informáticas.
Todo esto ha llevado a una situación muy especial y es la de que los sujetos más analíticos, mejor conocedores de los hechos por sus estudios o vivencias pasan a ser los menos informados. El hombre sin sentido crítico, que acepta como un dogma la noticia; se hace adicto de ella y se siente su dueño, no sabe que en realidad no está informado; que las verdades que cree recibir, no son tales, sino realidades trucadas en algunos casos, o verdaderas y auténticas falsedades en otros. Por el contrario, el sujeto culto, con poder de análisis estará cada día menos informado, porque sus dudas sobre la veracidad de las narraciones mediáticas lo hacen rechazar lo que el resto entiende por información.