Cuando uno acumula grandes esperanzas tiene el riesgo de sufrir grandes decepciones. Al revés también funciona.
Son como los remos de una chalana. Hay que darle a ambos simultáneamente para poder avanzar hacia cualquier destino deseable. Si hacemos girar más uno que otro terminamos dando vueltas sobre nosotros mismos. Ir a dónde queremos requiere de cierto ritmo, aunque sea sincopado, entre esperanzas y decepciones.
Si vos como yo leíste a Charles Dickens cuando aún eras un muchacho, estas palabras te sonaran familiares. Quizás la humanidad misma también avance así, a través de una rara combinación de esperanzas y decepciones sobre la posibilidad de crear utopías.
Lo digo porque el neoliberalismo, que es primero ideología antes que economía, se encargó de demoler todas las fuentes de esperanza, belleza y revoluciones que en el mundo había, con esa langosta que llamaron postmodernidad y que asoló los campos del saber, del arte, de la poiesis.
Fíjate que sólo mencionar la palabra utopía desata las risas más burlonas. Y es que para imponer el mecanicismo contrahumano del mercado, la racionalidad mercantil del tanto tienes tanto vales, había que demoler cualquier idea, sentimiento o vaga ilusión que diera esperanzas, que despertara solidaridades o que hiciera abotonar la más mínima utopía.
Cuando los hermanos evangélicos decían que el fin del mundo estaba cerca y la segunda venida próxima, pocos le creían. Ahora el planeta se nos hace cada vez más inhóspito, pero ¿vos creéis que el buen Jesús vendrá a salvarte?
Y eso que la fe no requiere de pruebas. La esperanza es más exigente, necesita ver y confiar. El detalle está en que la confianza tiende a ser absoluta. Uno puede medio amar a alguien, incluso, puede amarlo totalmente, y aun así no confiar en esa persona. Nadie medio confía. Por eso crear la confianza y mantenerla en el tiempo es tan difícil.
En Venezuela tenemos hoy una crisis de esperanza. El chavismo está en una posición de resistencia. Mira hacia atrás, recuerda a Chávez, lo vivido, lo logrado, lo bailado y resiste. Pero eso se parece mucho a la nostalgia, que te ancla y se te vuelve una trampa cuando las circunstancias te exigen seguir adelante y remontar la cuesta.
Hugo Chávez fue un constructor de esperanzas. Desde el “por ahora” hasta la Gran Misión Vivienda, incluso en los días en que lo vimos afectado por su enfermedad, nos dio esperanza.
La oposición, por su parte, rema con la decepción. Ese siempre ha sido su plan: matar la esperanza. Los venezolanos saben que un gobierno de la MUD no resolvería nada y hasta nos iría peor, porque sería la coronación de la desesperanza. La restauración del neoliberalismo y su mecánica maldita, como lo están haciendo en Argentina y Brasil. No hay redención posible con la MUD.
Pero si la tesis de Dickens es cierta, si el remo de la esperanza no se mueve, la chalana dará vueltas llevándonos a cualquier lado. Nuca se sabe a dónde puedes ir a parar cuando te dejas llevar por la decepción.
Tener esperanza y decepcionarse son cosas tan humanas e inevitables como tener hambre y comer. Te volverá a dar hambre, es un ritmo vital. Desde ese punto de vista, la situación planteada con la distribución de alimentos en el país es tan urgente de atender como este otro tipo de hambre. El hambre de esperanzas.