En una mañana fresca y nublada llegue a la Plaza Bolívar de Barquisimeto. Salí de mi casa en Colinas de Santa Rosa y tomé la rivereña. Pasé entre el Museo y el cuartel Jacinto Lara, hoy Universidad.   Sus altos, vetustos y robustos árboles crean ambiente para cavilar y fulgurar a la ciudad y a su gente afable. Flores que abren a la luz, mariposas que vuelan matizadas entre las matas y palomas que flanquean deferentes la estatua a caballo del libertador.  Gente cruzando de un  lado a otro. No en vano tenemos más “barquisimetidos” que nunca. La Iglesia Concepción hermosa e histórica. Las campanas surcaron los aires con su eufonía de tono alto y su sonoro mensaje de tiempo y umbral de faena.  El Palacio Municipal, arquitectónico y laureado. ¡A mundo!, cuando mi abuela me llevaba al Mercado Municipal. Pensé nostálgico. ¡Como añoro mi ciudad de antaño, el aire de placidez, el amor que salía por los poros, el saludo de buenos días y la sonrisa cariñosa. Crespúsculos y golondrinas.  Policía de punto y tranvía…      Me dirigí al Registro Principal. Ubicado en la casa que fue de Eustoquio Gomez; sí, el hermano del dictador  Juan Vicente, que gobernó el estado y de buenos modales al decir de historiadores. Allí, funcionó la escuela Aplicación Lara, donde mi hermano Luís y yo estudiamos quinto grado con nuestra inolvidable maestra Graciela Arráiz;  prima de mi padre. Cuando se estudiaba el proceso de independencia batalla a batalla, los discursos de Bolívar aprendidos de memoria y montábamos obras de teatro con el 19 de Abril, el 5 de Julio, la batalla de Carabobo o el Congreso de Angostura.  Un grupo de personas cubrían la entrada y una cola descomunal salía hasta la esquina. Al tomar mi puesto (54) supe que había gente desde las tres de la mañana.    Mire alrededor. Mientras, oía conversar. Hacia el edificio nacional, otra larga cola. En el Palacio Municipal otra. Frente a la Notaría unas cincuenta esperaban. La cola en la oficina de los Consejos Comunales daba la vuelta. ¡La gente vive en una sola cola exclame! ¡Se acostumbró a la cola! Lo ve natural. Quizás, como parte de la vida. Mis ojos curiosos pasaron de una cola a otra buscando la cara de las personas. Quería percibir su estado emocional,  tristeza o alegría. Fastidio o  bostezo. Confieso que no vi nada de eso.  Solo capte  resignación. Avenencia.  Es como si dijeran “! Esto es lo que hay!”. “A falta de pan buenas son tortas”. Observe gente de todos los estatus social. Aquellos de “crema y nata” y también los “pata en el suelo”. En cada uno, había quizás ansias de irse rápido. Conversaban cordiales. Echan chistes y cuentan cuentos.   El ahorro se fue de viaje. La economía popular — pensé — hace añicos la teoría de la oferta y la demanda. La vulnera con su dinámica, de adquirir alimentos,  medicinas y  servicios, a costa de lo que sea. Adecuándose a las circunstancias. La competitividad voló aterrada. Y el libre mercado vaga entre escombros. ¡Como vaya viniendo lo vamos viendo! Las mayorías no ven alternativa…    La registradora abogada llego a las diez de la mañana. Mal humorada. De mala gana. Despachó a la mitad por falta de requisitos. Yo di la vuelta e hice la de San Blas “Ya comiste ya te vas”.  “Que te vaya bien que te pise el tren y que se te ponga la cara como un sartén”. Fui a buscar mi carro y en mi pensamiento rondaba la idea  “Esto no tiene compón”. A dos cuadras, una larga cola para comprar uniformes escolares regulados. ¡Y colorín colorado este cuento no se acaba aun!