Dicen que murió Bellorín, un maestro pintor. Un mulato que tira óleos sobre el lienzo como canciones de Bob Marley. Yo no lo creo. Si ayer no más lo veía altivo en el taller de artes gráficas de la universidad en Maracaibo. Trazaba un afiche para el bicentenario de Bolívar. Serigrafía tricolor.Lo conocí con Edgar Queipo y Ender Cepeda. El compadre José Fajardo me llevó a su casa, cuando hacíamos de ayudantes de escultor. También Lenin Herrera y Lucía Antillano nos unían, como narra Yolandita Delgado —flaca melenuda con voz volcánica— en una universalidad universal. Así se fraguaba algo que sonaba a coro de humanidad. “Entre el arte y el hombre”: Maiakovski, Gramsci, Gorki, Kafka; y la lectura vernácula: De La Plaza, Mariategui, Rulfo, el Gabo, Cortázar, Benedetti, Galeano, Cardenal. La bohemia de izquierda que tanto enseña y hace soñar. Un trago de ron para escuchar al refugiado armenio Charles Aznavour, el mejor cantante “francés”. Alí Primera para acercarnos a nosotros mismos. Hablar de la revolución con Mao y Douglas Bravo. O con Lenin y Fidel. Hay para todos los gustos. Un tal Luís Hómez fue al taller del compadre Fajardo en Moján en una Chevrolet vieja. Si hubiese sabido que tocaba música zuliana en piano me afilio a él. Pero los que veníamos de RUPTURA éramos sectarios por adelantado. Nosotros más rojos que todos no entrábamos en una naranja. Una década después ya nos queríamos y anduvimos juntos en aquél primer intento de asalto al nido de las águilas.El flaco Elson Niño me entrenaba en el ajedrez ajetreado de la política universitaria que nunca asimilé, aunque ella me regaló huertos de amistad. Escuchábamos a Gastón Parra que serenamente llamaba a la guerra del petróleo para el pueblo. Asistíamos a conferencias increíbles sobre Nietzsche y Marx con Delgado Ocando, salíamos con la cabeza ardiendo de ganas por saberlo todo. Tragábamos libros para liberarnos del miedo a la existencia. Retornábamos a raíces negadas. Con Armando Molero encontrábamos espacios para cantar y luchar. Queipo me llevó a casa de Altamira y se hizo noche. Puedo decir que su amigo el pintor indígena guna de Panamá, Olinigdi Pelusio, no me dejó dormir mientras me contaba de Abya Yala con el humo de cuarenta cigarrillos que me echó en la cara. Al amanecer me lavé con hojas de limón y me fui a mi casa mohanense trasnochado y elevado.Por las paredes nadaban peces voladores de Juan Mendoza y cactus bebedores de Darwing Araujo, tentáculos con espuelas de Henry Bermúdez y salas flotantes de Nerio Quintero, cada cual con su ticket para ir en ferry a Cabimas a las fiestas calcáreas de Emerio Darío Lunar. Omar Patiño esperaba en un balancín pintado por Enrique Colina sobre un lienzo que le regaló su pana Ender Colina. Esa noche de farra inspiró a Alexis Ochoa su relatoría de blues fósiles.  Esta narración tiene letras de Alexis Blanco el “malvado”, amigo del Pis y Adilfer Gotera, dos sugestivas recomendaciones que le sirvieron para postularse a Edipo Supremo. Prestaron sus vozarrones solidarios los Querales, más unas hallacas sudadas en familia. La crónica la escribirá Javier Fernández con la complicidad amorosa de Evaristo Pérez Suárez y Mario Potreritos. En la guitarra Edward Govia y los desaparecidos hijos de Paraute. Puesta en escena Jhony Salcedo. Logística Willi Chirinos el bueno sin jineteras ni mafias mayameras.Corresponsales en las guerrillas Carlos Contramaestre y el Flaco Prada. Ingenieros de obra Ibrahín López García y Fruto Vivas (que envidia de nombre).He dicho. En el espíritu de la camaradería creadora,