La prueba madre de que el dinero es un artificio del mercado –la forma en que se enmascara y se extraña al valor medido en trabajo de las mercancías- es que desde el 15 de diciembre próximo los billetes cambiaran su valor nominal: El de 2 bolívares se convertirá en 500 bolívares, el de cinco pasará a ser de mil, el de 10 cambiará a 2.000 y así hasta que el de 100 se vuelva de 20.000.
Y uno va de la carcajada a la pena ajena porque el Gobierno y el Banco Central de Venezuela (BCV), que se han negado a publicar los informes de rutina sobre la inflación, ahora tienen que soltar el yoyo y de la peor manera. Para mayor simbolismo, han conservado el mismo diseño, los mismos próceres y las mismas muestras de la flora y fauna, sólo que con dos ceros más por el pecho.
Que si estamos en inflación o hiperinflación, que si ésta es de dos o tres dígitos queda para los economistas de oposición que opinan por televisión. Que si la guerra económica, que hay una “inflación inducida” por “mercenarios económicos” seguirá siendo la respuesta del Gobierno. La realidad es mucho más dura y simple: billete mata galán. Puede que la gente no sepa de economía, la vive todos los días. Ante esa contundencia del cambio de billetes no hay discurso, explicación sesuda o excusa legítima que no se derrumbe. El Gobierno puede seguir hablando de guerra económica, pero al verse obligado a ampliar el cono monetario manda un mensaje más claro y fuerte: la estamos perdiendo.
No la pierde el Gobierno, que ante el descalabro de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) por una devaluación de su confianza y unidad ha postergado indefinidamente el referendo revocatorio, la pierde el pueblo que la padece. El Gobierno no logra construir una ruta clara y confiable que nos saque de la crisis. No sólo porque el “juguetazo” que la Sunddet acaba de dar en el estado Miranda está lejos de tener el mismo efecto que tuvo el dakazo tres años atrás, no sólo porque la especulación y el bachaquerismo son una para-economía que ni la Sunddet, ni las Fuerzas Armadas, ni todas las policías de este país pueden detener, no sólo porque, en el mejor de los casos, el precio del petróleo llegará el próximo año a 50 dólares el barril, sino porque se empeña en mantener la misma estrategia que en tres años no ha dado los resultados esperados.
