Juan Guerrero
La imagen es lapidaria. Mientras el presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Sr. Julio Borges, se voltea para retirarse del despacho del militar, éste le empuja por la espalda. La fotografía muestra el medio rostro del militar, coronel Lugo, en semioscuridad mientras la mano extiende sus cinco dedos como tratando de atrapar al diputado.
Quizá de entrada la imagen no dice mucho para quienes padecen de cerca las dramáticas y espantosas atrocidades que ejecuta el régimen del dictador Maduro. Pero un breve análisis semiológico a esa fotografía nos resume parte de la historia venezolana, sometida en la actualidad a una brutal represión de Estado que estaría por desembocar, para finales de julio, en el llamado Estado comunal. Y uno de los soportes de este nuevo país recaería en personajes militares, como el de esa triste y oscura fotografía. La mano que empuja la civilidad es la mentalidad militarista que pisotea la voz del pueblo. Una mano fascista, abiertamente arbitraria que se escuda en la fuerza de las armas y la brutalidad de la represión.
Ciertamente que no son todos los militares venezolanos quienes actúan de esta aberrante manera, pero llama poderosamente la atención que pasados más de tres meses y con más de cien asesinados, decenas de heridos y miles de secuestrados, no se han pronunciado para denunciar estos atropellos contra la condición humana de la población venezolana. La mano de este militar es escandalosamente insolente, ofende la moral republicana y agrede la tradición democrática de los ciudadanos. Representa lo más bajo y tenebroso de la mentalidad militarista que cercena la libertad y reprime los derechos humanos de los ciudadanos.